Fiestes de prau

Texto: Nahir Gutiérrez

 

Todo Síndrome posvacacional de vuelta al cole que se precie se alimenta de la añoranza del verano y la evocación de sus recuerdos más floridos. Personalmente, tardará en borrarse de mi retina y de mi espíritu un evento que tiene que ver con aquello de que nadie es profeta en su tierra. Ese refrán solo busca incomodar, porque pocas cosas debe de haber más ingratas y desasosegantes que la indiferencia de los propios. Una es asturiana en el exilio, una APQ, como nos bautizaba Pedro De Silva a los Asturiaspatriaquerida repartidos por fuera del perímetro que nos vio nacer; «los apeqús”, decía. Pues esta apeqú no cupo en sí de gozo, de orgullo y satisfacción, cuando la Fiesta de la Lectura celebrada como clausura de la décima edición de la Feria del libro de Gijón batió un récord de asistencia. Tras Madrid, Barcelona y Sevilla, llega Asturias y, zas, récord.

El equipo organizador de esa Feria lleva batiéndose el cobre desde 2017 con tenacidad de hormiga, curro de ciempiés y paciencia y perseverancia de camello. Porque entendieron desde el minuto cero que la cultura en general —y la lectura en particular— es una carrera de fondo.

Las instituciones allanaron el camino este año concediendo a la Feria la Medalla de Plata de la Villa de Gijón, reconocimiento colectivo al trabajo compartido de librerías, editoriales, bibliotecas, instituciones, autor@s y lector@s que la han hecho crecer y florecer durante estos diez años. Lo más bonito es que la iniciativa surgió del empeño de un grupo de librerías gijonesas que, tras dieciocho años sin feria del libro, decidieron devolverla a la ciudad. En palabras de la concejala de cultura, Montse López Moro: «El verdadero éxito de los proyectos culturales radica en ser necesarios». Yo, como Hernández y Fernández, aún diría más: radica en saber hacerse necesarios y en descubrirle al mundo hasta qué punto.

Y luego están el paisaje y el paisanaje. El lugar, indisociable de su gente, acogedora y risueña, de trato fácil y alma alegre. El verde, en plena y prematura canícula generalizada de final de junio; la metamorfosis de las tradicionales «fiestes de prau» en fiesta de la lectura con su sidra y sus bollos preñaos, culmen de lo más popular de la gastronomía de la tierruca.  Hay en Asturias un impulso atávico consecuencia directa de muchos —pero muchos— veranos lluviosos, germen de memes y camisetas con el lema “pa la playa tá abierto”. Y es salir disparado a la arena dejándolo todo en el minuto en que aparece el sol en el firmamento.

Aquel sábado de junio, tras casi una semana de nubes y claros y hasta de rasca mañanera, un sol tentador, caprichoso e inoportuno a efectos organizativos, se arrancó por bulerías entre las nubes. Y, sin embargo, cerca de doscient@s lector@s se personaron en la cita, con una sonrisa y las gafas de leer. Se desplegaron hamacas, se desataron aplausos cuando contamos y vimos que había récord (nuestro puntito chauvinista sí tenemos, los asturianos); mientras la gente leía en silencio se dejaron oír los grillos —que no las chicharras, a tanto no llegamos, en Asturias—  y luego se escanció sidra, aparecieron tapones para escanciarla en los bolsos de las señoras mayores, la gente se intercambió libros y los autores que entusiasta y espontáneamente se nos habían unido —Ricardo Menéndez Salmón, Juanma Gil, Nerea Erimia…— regresaron a sus quehaceres, en la feria o fuera de ella.

Y servidora fue a bañarse al Cantábrico a las tantas. Panza arriba en el agua, sola en la playa de San Lorenzo, dejándome mecer, me sentía como la profeta en mi tierra que siempre quise ser.