Carlos Díaz reúne en la galería Anquin’s de Reus su trabajo persiguiendo reflejos y verdades acuosas en los charcos.

 

 

Texto y foto: Antonio ITURBE

 

La literatura y la pintura comparten su sueño imposible de parar el tiempo. Los escritores tratan de detener el momento a través de la escena del presente que enseguida será pasado fijándola en las páginas de un libro. Los pintores intentan detener la luz, fijar en el cuadro un instante preciso donde estén todos y cada uno de los destellos de un presente en eterno movimiento imposible que se escapa entre los dedos.

El pintor Carlos Díaz lleva años deambulando por la ciudad rescatando bicicletas apoyadas un momento en una fachada de Barcelona, taxis de Nueva York que se hacen borrosos en la fugacidad o la ropa tendida en los balcones que se agita un instante. Y ha topado con un reto todavía mayor: añadir a su colección de mariposas disecadas el reflejo de los edificios, los árboles o el propio atardecer sobre la superficie de los charcos que dejó la lluvia.

Un charco es un espejo que se puede traspasar. La literatura se ha sentido fascinada por los espejos líquidos. La mitología griega explica que Narciso estaba tan contento con su belleza que se permitió rechazar cruelmente a la ninfa Eco y acabó enamorándose de sí mismo, de manera que al ver su imagen reflejada en la superficie de un estanque se lanzó hacia ella y se ahogó. Un afán similar atribuye la leyenda al poeta chino del siglo VIII Li Bái, del que se cuenta que, habiendo salido a remar de noche por el lago en estado de ebriedad, vio el reflejo de la luna en la superficie y se lanzó a abrazarla con consecuencias funestas. Otras fuentes dicen que murió a causa de la excesiva ingesta de mercurio al tomar bebedizos con propiedades para alcanzar la inmortalidad.

Abrazar el reflejo y traspasar el espejo forma parte de la búsqueda interminable de escritores y pintores. La continuación de Alicia en el país de las maravillas -escrita por Lewis Carroll en 1871- es A través del espejo y lo que Alicia encontró allí. La inquieta Alicia decide pasar al otro lado del espejo y lo que encuentra es un mundo de piezas de ajedrez que tienen vida propia y flores que hablan donde es difícil determinar cuál es la realidad y cuál es el sueño. De espejos sabía mucho Jorge Luis Borges: le fascinaban y le aterraban; nos invitaba a asomarnos al infinito simplemente encarando dos espejos.

Carlos Díaz se inscribe en esa tradición de perseguidores de reflejos. Sus cuadros nos muestran una realidad que se cimbrea sobre la superficie, unas siluetas que están y no están, una realidad mucho más porosa que la que llamamos real, pero que precisamente resulta por su temblor y vulnerabilidad, mucho más verdadera. Esas hipnóticas imágenes que nos muestra de un mundo efímero que tiembla sobre la superficie de un charco nos dice mucho sobre nosotros mismos y nos hacen temblar. Hay pinturas asombrosas, realizadas en estado de gracia, que te sobrecogen por lo que tienen de milagro: el momento que permanecerá frente a nuestros ojos porque ha quedado atrapado en la gota de ámbar del cuadro.

Al visitar el taller de Carlos Díaz en la ciudad de Vic, te das cuenta de que los cuadros nos observan con la misma intensidad que nosotros los observamos a ellos. “Veo en los reflejos algo que me empuja a construir esa realidad. Pinto lo que veo y lo que me emociona”, me dice. Me habla de la importancia de mirar al suelo, de observar la parte de debajo de la realidad, del peso del aire. Sobre todo, le preocupa “la verdad del cuadro, porque es ahí donde está su belleza”. Se tira al suelo para contemplar un cuadro apoyado en la pared a su misma altura, como si el cuadro fuera un charco en la acera y visto de cerca vemos las marcas del óleo, el rasgueo de la espátula, lo matérico de lo inmaterial porque en eso consiste ser pintor. Cree que “un cuadro te va llevando, hay una lucha de fuerzas a ver quién puede más, si tú o él, porque hay un momento en que adquiere su identidad… son cosas íntimas que cuesta explicar. Están en los sentimientos”.

Ahora tenemos la posibilidad de saltar sobre su mundo de charcos y verdades acuosas en la exposición “El cel en un bassal” (el cielo en un charco), que se podrá ver en la galería Anquin’s de Reus desde mañana viernes 7 de mayo hasta el próximo 18 de junio de 2021.