«Ellos. Secuencias del desasosiego» de Kay Dick

Automática Ediciones publica «Ellos. Secuencias del desasosiego», de Kay Dick.

Texto: David PÉREZ VEGA

 

Recibo habitualmente en mi mail noticias sobre las novedades que editan casi todas las editoriales de España, y llevaba años fijándome en el trabajo de Automática ediciones, aunque todavía no había leído ningún libro suyo. Me interesa, por ejemplo, que sacan bastante narrativa rusa (y de los países del Este) del siglo XX y XXI, de autores mucho menos conocidos que los del siglo XIX, pero que me suenan muy llamativos. En mayo me llegó al mail la información de prensa de Ellos. Secuencias del desasosiego de Kay Dick (Londres, 1915 – Brihton, 2001). Su dossier de prensa me resultó atractivo. En él, se contaba que Ellos. Secuencias del desasosiego se publicó por primera vez en 1977 y que había estado descatalogada, durante décadas, hasta que en 2020 una agente literaria la encontró en una librería de segunda mano, la leyó y creyó que sería una buena idea reeditarla. El libro es una distopía, y además su publicidad venía acompañada de unas palabras de Margaret Atwood: «Espeluznantemente profética». Kay Dick  trabajó en la librería Foyles de Londres y también fue la primera mujer en dirigir una editorial inglesa, P.S. King & Son. Vivió más de dos décadas con su pareja, la novelista Kathleen Farrell. Colaboró en muchas revistas y periódicos. Parecía una figura interesante para ser rescatada.

 

La novela es corta y está dividida en nueve capítulos. Está narrada en primera persona y el lector nunca va a saber el nombre del protagonista, ni tampoco su género, pues durante todo el libro existe una ambigüedad sobre si quien narra es un hombre o una mujer.

Ellos está ambientada en las costas del sur de Inglaterra. Allí, una comunidad de artistas trata de continuar elaborando sus obras (pinturas, música, literatura…) mientras unas bandas de personas descontroladas recorren el país evitando que se dé el hecho artístico. Por ejemplo, en la página 12 podremos saber que ahora son los libros de Oxford los que están desapareciendo por obra de estos grupos. El narrador (voy a considerar que se trata de «un narrador» para simplificar) se dedica entonces a recordar los poemas de Keats, pues presiente que en el futuro no va a tener ningún libro en el que consultar sus versos. El narrador vive solo y, tras visitar a unos vecinos, al volver a casa descubre que le falta su ejemplar de Middlemarch de George Eliot. En la página 17 se nos informará de que «ellos» no entran en las casas mientras sus inquilinos se encuentran dentro, y solo aplican medidas agresivas cuando alguien se pasa del límite. Aún no sabremos dónde se encuentra ese «límite», pero tiene que ver con el hecho de que Ellos están mandando señales a las personas que se dedican a producir arte (y también a consumirlo) y no frenan en su empeño. La narradora escribe, en algunos momentos cartas y en otros lo que parece el manuscrito de una obra literaria. Pronto algún personaje va a pasar este límite, y así «ellos» dejarán ciega a una pintora, por ejemplo, o queman las manos de alguien que intenta salvar del fuego sus libros de poesía, arrojados al fuego por «ellos». «Solo atacan a los individuos que oponen resistencia.» (pág. 29). «Ellos» es un grupo de personas que se encuentra entre un millón y los dos millones de personas, leemos en la página 30.

 

En algún momento de las primeras páginas del libro he pensado que, en cierto modo, en la Inglaterra que se dibuja en el libro podía estar ocurriendo una revolución proletaria, porque más de uno de los artistas, que viven en las costas que se describen en el libro, poseen casas suntuosas, tienen criados y parecen dedicarse a la vida ociosa, pintando cuadros, tocando el piano, escribiendo cartas… En más de un momento, el mundo presentado por Kay me estaba pareciendo inverosímil: ¿de qué viven estos artistas? En esta distopía, en la que se persigue tanto la creación de arte como su disfrute, ¿se pueden vender los cuadros o las novelas que producen estos artistas y estas personas viven, a pesar de todo, de su arte? En ningún momento del libro, el narrador o sus amigos parecen pasar por dificultades económicas, pese a la aparente imposibilidad de dedicarse al que ha de ser su oficio. En algún momento se habla de los «segadores» y se parece identificar (nada es muy claro, en cualquier caso, en este libro) a «ellos» con estos segadores, y por tanto la idea de «revolución proletaria» se me hacía más plausible.

En la novela siempre que los protagonistas hablan de trabajar se refieren a sus creaciones artísticas: «A lo largo de nueve días trabajamos cada cual a su manera, estimulándonos mutuamente con energías renovadas. Fruto de la presión, nuestras obras avanzaban rápidas y con más fuerza.» (pág. 46)

En la página 69 se habla de «cupones de suministro», que los artistas perseguidos también están recibiendo. Aquí se insinúa que de un mundo con bandas descontroladas que persiguen a los artistas se ha pasado a una dictadura donde estos mismos artistas son tolerados y subvencionados por el Estado.

«Representamos un peligro. El inconformismo es una enfermedad. Somos posibles fuentes de contagio. Nos ofrecen oportunidades de… –Rick chasqueó ligeramente la lengua–. De integrarnos. El rechazo queda documentado como respuesta hostil.» (pág. 69)

 

En más de un caso, parece que las reglas que rigen el mundo de la novela cambian de un capítulo a otro. Por esto, en el dossier de prensa, que he leído ahora, de nuevo, con más atención que al principio, se habla de «novela en relatos» o de «secuencia de historias asfixiantes». Hay momentos en los que a las personas disidentes se los lleva a unos centros, donde acaban sedados. «La única luz proviene de las pantallas de los televisores, que están siempre encendidos.», cuando el dolor y los sentimientos se evaporan las personas pueden salir de estos centros (a veces se los llaman «torres») y volver a su vida normal, pero vuelven convertidos en cáscaras vacías, en zombis. Aquí se da a entender que la nueva sociedad no solo persigue ya a los artistas, sino a cualquier individuo que siente dolor. De nuevo, no se sabe si estas personas «reeducadas» tienen que trabajar de algún modo económico para conseguir su sustento.

También, hacia el final, se comenta que esta nueva sociedad puede tolerar el trabajo en equipo y no el individual. De este modo, los artistas tendrán que asociarse para colaborar, siendo perseguidos aquellos que realizan sus obras de forma individual. Esta idea me ha parecido una crítica directa a la URSS y sus países satélites, con su creación del hombre nuevo, lejos de peligrosos individualismos.

O también, de repente, el amor se ha convertido en antisocial y es perseguido.

También, además de «ellos», hacia el final del libro, se habla de los «excursionistas», personas que no participan directamente en la persecución de disidentes, pero que parecen disfrutar del momento en el que estos son apresados, y acaban generando su propia violencia.

 

Las influencias más claras sobre Ellos sería el 1984 de George Orwell y Fahrenheit 451 de Ray Bradbury.

El estilo del libro es rápido y abundan las frases muy cortas. Por ejemplo, voy a mostrar un párrafo de la página 26: «Miramos el mar. El sol volvía a brillar. Suaves tonos rosáceos ensombrecían las olas, ya en calma. Los espigones adquirieron una nueva dimensión. El embarcadero inacabado tenía un aspecto espléndido, como un objeto prehistórico de inmensa solidez. Era una panorámica imponente.» Estas descripciones suenen hablar de la naturaleza y ser bellas. También la novela es profusa en diálogos entre los numerosos personajes. La narradora nos presenta a multitud de personajes, que entran y salen del foco narrativo, sin demasiada continuidad. Son artistas que se visitan entre ellos, que viajan a Londres, que vuelven a la costa, que se informan, unos a otros, sobre cómo está la situación…

 

Creo que una novela que propone un mundo que, en mayor o menor medida, se aleja del real, bien porque sea una novela fantástica, de terror, una distopía… debe funcionar con unas reglas claras y reconocibles para el lector, para que el mundo creado por el escritor resulte verosímil y reconocible. Cuando esto no ocurre, el lector –como ha sido mi caso– empieza a hacerse preguntas sobre el funcionamiento del mundo que está leyendo y al encontrar fallos en su lógica interna se va a sentir expulsado de la propuesta. Es cierto, también, que sí que he entrado en algunas de sus páginas y la lectura me ha desasosegado, pero el conjunto me ha parecido falto de una articulación novelística real, y quizás este libro no deba leerse como una novela (porque como novela me resulta fallida), sino como ese conjunto de relatos o secuencia de historias del que hablaba el dossier de prensa. Ellos. Secuencias del desasosiego tiene el aire de una pesadilla, el regusto onírico de un mal sueño extraño y sin sentido. Lo cierto es que me acerqué a esta novela con ganas y buena predisposición, pero su lectura me ha decepcionado. Me sabe mal que esta haya tenido que ser mi primera aproximación a Automática Ediciones, que, por cierto, edita de una forma impecable. El libro como objeto es bellísimo y no he detectado ni una sola errata. Volveré con Automática ediciones.