El centenario Benjamin Ferencz cuenta en “Hay cosas más importantes que salvar el mundo” (Plataforma) los acontecimientos más importantes de su vida.

 

 

 

Texto: David VALIENTE

 

Si os dijeran que en una modesta casa estadounidense vive un hombre de 101 años que hace cada día 75 flexiones de pecho, 25 abdominales y sentadillas, además de los estiramientos y los ejercicios de cardio oportunos, seguramente os costaría creerlo. Pero quizá esto que os acabo de contar sea una anécdota en comparación a todas las experiencias de vida que el último fiscal vivo de los Juicios de Núremberg, Benjamin Ferencz, narra en la reciente publicación de la editorial Plataforma Testimonial: Hay cosas más importantes que salvar el mundo.

El texto es resultado de las conversaciones que el fiscal y la editora de The Guardian, Nadia Khomami, han mantenido desde que ella descubriera a ese hombre bajito y bonachón zapeando “por los canales de noticias estadounidenses”. Al conocer su historia, no pudo aguantar sus ganas de escribir para el periódico un reportaje sobre los acontecimientos de su vida. Pero tras el éxito apabullante del artículo, decidieron que la sabiduría de vida de Benjamin Ferencz debía llegar a un público más extenso, así que contactaron con la editorial Little, Brown Book Group que en diciembre de 2020 publicó la edición original del libro titulada en inglés Parting Words: 9 Lessons for a Remarkable Life.

Con un estilo directo y ameno, se narra una efeméride del centenario cargada de lecciones de vida que no se enseñan en las escuelas, pero que resultan tan necesarias como el mismo acto de respirar. Y no podemos confundirnos. Hay cosas más importantes que salvar el mundo no es un libro de autoayuda carcomido por los embusteros que nos venden un método milagroso para lograr el éxito y la felicidad. Este libro no va de eso. Trata sobre las cosas sencillas de la vida, y cómo de la escasez se puede conseguir un mundo complejo, radiante y plenamente satisfactorio.

Una infancia difícil, pero entretenida

Su familia emigró desde Rumania a los Estados Unidos cuando Ben apenas tenía un año de edad, huyendo “de la absoluta pobreza”. Llegó entre los brazos de su madre a un barrio situado al oeste de Manhattan Hell´s Kitchen, un “infierno”. El niño creció en una familia judía desestructurada- los padres no se amaban, su boda había sido concertada por sus familiares antes de que ellos nacieran- y rodeado de amistades peligrosas. Hasta los ocho años no pudo ingresar en la escuela, pues le costó aprender el idioma, en cierto modo porque sus padres no hablaban ni una gota de inglés. Así que el pequeño “Benny” pasaba las horas en la calle, entre “trabajadores y pandillas que fumaban en las esquinas”, en su mayoría “inmigrantes irlandeses e italianos”. Se ganaba la vida con inteligencia y destreza, aunque, a veces, de forma poco lícita, como cuando vendió periódicos pasados de fecha haciéndoles creer a los compradores que se habían publicado ese mismo día.

Esos años sinvergonzones le enseñaron que el dinero no lo era todo, y que “sin riqueza puedes conseguir muchas cosas” difíciles de conseguir con dinero, como “los besos y abrazos”. El libro narra un episodio sucedido en el estudio de un pintor que buscaba modelos femeninos para un cuadro; el pequeño Benny andaba corto de dinero, entonces no dudo en disfrazarse de niña. Al resto de modelos ese niño rubito con vestido les pareció monísimo y recibió muchos achuchones.

Un estudiante aplicado y un pelín contestatario

El divorcio de sus padres hizo que Benjamin y su hermana comenzaran una vida seminómada, obligados a cambiar con asiduidad de colegio. Sus actitudes intelectuales agradaron a sus profesores, no tanto como su comportamiento, pero aún con sus pequeñas travesuras, vieron en su persona un diamante que solo necesitaba pulirse adecuadamente. Por este motivo, su profesora recomendó a Ben para el colegio “Townsend Harris, único en su categoría en el país, en el que, si aprobabas todos los cursos, se te garantizaba la admisión automática en la Universidad de la Ciudad de Nueva York sin gastos de matrícula”.

Sin duda, la anécdota que mejor ilustra el carácter del adolescente sucedió el día que se enfrentó con el señor Chastney, porque a Benjamin las clases de gimnasia no le producían un especial agrado (algo comprensible si tenemos en cuenta que llegó a medir 1´50 m en su edad adulta). Las calificaciones en el resto de las asignaturas rozaban la excelencia, pero no era suficiente. De muy malos modos, le dijo a Benjamin: “Si no asistes a esas clases en el horario establecido, no entrarás en el City College”. Los argumentos del señor Chastney no le terminaron de convencer, por eso se presentó en la institución para que el propio decano de admisión se lo confirmara. El decano, incomparablemente más agradable, tras exponerle su caso, respondió: “Por supuesto, muchacho, estaremos encantados de tenerte con nosotros”.

Pero en muchas ocasiones la educación institucional no estimulaba lo suficiente a Ferencz, sobre todo cuando el aprendizaje se complicaba por algunos profesores. De todos modos, él encontraba estímulos en lo cotidiano para seguir aprendiendo. Cuenta que aprendió francés gracias a que se enamoró “de una hermosa muchacha francesa llamada Danielle Darrieux”, una actriz de cine que le obligaba a tener “un ojo puesto en ella y el otro en los subtítulos en inglés”. Situaciones así le enseñaron que todo lo que “haces es una oportunidad para aprender algo nuevo” ya sea leer un libro, mantener una conversación o ver la televisión, ya que “la felicidad a largo plazo procede de la realización que será diferente para cada uno de nosotros”, y ya sabemos que una de las mejores formas de realizarnos como personas es aprender todo lo posible.

Un amor más que correspondido

Danielle Darrieux, sin duda, fue ese amor imposible que vive solo en la imaginación, y que a veces es mejor que sea de este modo. Sin embargo, Benjamin Ferencz también se enamoró de una mujer de carne y hueso, “su amor de infancia”, con quien mantuvo un noviazgo de 10 años antes de decir el sí quiero y consagrar su amor durante 74 años más con una prole de 4 hijos.

Ella se llamaba Gertrude y “era la sobrina de mi madrastra”. Partió de Hungría como parten muchos emigrantes sin saber “inglés, sin dinero, y sin ninguna cualificación”. En sus primeros contactos no nació la llama del amor, no fue un amor a primera vista como sucede en las películas o las telenovelas. El amor esperó un tiempo en surgir y lo hizo, eso sí, de manera inesperada, mientras que Ferencz mantenía una discusión cordial con su madre. Precisamente fueron las palabras del futuro jurista, la madurez que demostró a sus 16 años, el detonante de su amor.

Los tiempos eran difíciles. Pasaron sus primeros años como novios sin un duro en el bolsillo. Además, las obligaciones educativas y laborales les ocupaban casi todas las horas del día y de la noche, por no hablar de que la guerra y Nuremberg interpusieron un océano entre los dos enamorados. Pero, más tarde, los mismos motivos que los alejaron, los volvieron a unir para nunca más separarse. La espera mereció la pena, 74 años de plena felicidad sin discusiones, hasta que un fatídico 14 de septiembre de 2019 “Gertrude murió”. En su libro, Benjamin Ferencz le dedica estas palabras: “Tengo una fotografía de ella en su lecho de muerte. En otras fotos parece una actriz de cine. Pero era también bella por dentro, lo cual es más importante. La apreciaba mucho. Estuvimos casados setenta y cuatro años sin una sola pelea, y antes habíamos pasado diez años de cortejo. He sido muy afortunado. Estaba con ella cuando murió y sostuve su mano toda la noche. La echo mucho de menos.”

De Núremberg a la Corte Penal Internacional

Participó en la Segunda Guerra Mundial. Estuvo destinado en Reino Unido en la sección de antiaéreos, al final del conflicto desembarcó en Normandía, ascendiendo al rango de sargento. Su paso por el ejército no fue un camino de rosas; dejando a un lado los avatares de la guerra, cuestionaba el sinsentido de la disciplina militar, lo que le costó más de un enfrentamiento con sus superiores. Incluso, una vez se libró por los pelos de ser fusilado por sus compañeros de campaña tras saltarse una norma, poco clara, recibida de un alto mando.

Volvió a Estados Unidos cuando finalizó la guerra, pero no por mucho tiempo. El coronel Telford Taylor lo llamó para regresar a Europa como fiscal encargado de encontrar pruebas de los crímenes cometidos por nazis. Sus pesquisas de campo le permitieron ampliar la lista de acusados, incluyendo los Einsatzgruppen, 3000 individuos, que “ponían en filas a pueblos enteros delante de fosas comunes y los abatían a tiros”. De este modo, a la edad de 27, Benjamin Ferencz se convirtió en “el fiscal principal del mayor juicio por asesinato de la historia de la humanidad”.

Los jueces condenaron a los grandes criminales a la horca, castigo con el que no estaba de acuerdo; no creía que la muerte fuera una solución, eso le sonaba más a venganza y su posición se oponía a cualquier forma de expresión que llevara implícita la violencia o la coerción. Sintió que Núremberg, más que un tribunal para buscar justicia sirvió para cometer una venganza.

No obstante, la posibilidad de que los sucesos acontecidos en Alemania volvieran a ocurrir, le perturbaban: “La gente no cree que lo que ocurrió en Alemania con Hitler pueda volver a suceder, especialmente en su país”. Pero la realidad es: “Por todo el mundo se siguen cometiendo crímenes de guerra”; basta con echar un vistazo a los acontecimientos en Yugoslavia, Ruanda, Bangladés o Sudán, por citar algunos. No nos damos cuenta de que ningún pueblo, por muy “civilizado” que sea, está libre de sufrir un brote incontrolado de violencia.

Había motivos suficientes para establecer un sistema jurídico internacional “para disminuir en el futuro los crímenes contra la humanidad, así como para combatir el odio y la violencia entre ideologías”. Se reunió con Jacob Robinson, consejero israelí de la ONU, y comenzaron a trabajar en la creación de los Estatutos de Roma (1998) que asentaron la base jurídica para crear la Corte Penal Internacional. Fue un logro muy importante a nivel internacional, pero que, sin embargo, su país, Estados Unidos, no llegó a ratificar. Otro amargo sabor de boca por parte de la gestión de George W. Bush.

Últimas palabras

Después de una infancia en la pobreza, de la guerra, de los campos de concentración,  de Núremberg; después de millones de palabras de amor, de las sonrisas, de los llantos (posiblemente pocos), del “sí” y del “no”, de la vida y de la muerte, Benjamin Ferencz asegura que “si tienes un sueño, ya sea cambiar de carrera, fundar una institución benéfica, ponerte en forma, solicitar un nuevo empleo o escalar una montaña, no dejes que te detenga el hecho de que tus compañeros no lo hayan llevado a cabo o que se interpongan obstáculos en tu camino. Hemos llegado a la luna. Con el nivel adecuado de fe y compromiso, puedes lograr cualquier cosa que te propongas”.