El mundo que palpita bajo nuestros pies
En “El continente oscuro” (Alianza Editorial) el espeleólogo Francesco Sauro nos lleva a recorrer cavernas, túneles, cámaras subterráneas y pozos de ese paisaje bajo el suelo que sigue siendo la última frontera inexplorada del planeta.

Expedición «The mysteries of the colombian amazon». Francesco Sauro en la cueva. Imagen publicada en el libro «El continente oscuro».
Texto: Sabina Frieldjudssën Fotos: Francesco Sauro
A los cuatro años Francesco Sauro se arrastraba por la angosta cavidad de la Cueva del Zorro, una de las muchas entradas a los montes Lessini, en la zona de los Prealpes veroneses, con su padre delante y su madre detrás. Se arrastraba y temblaba. Ese día lloró al sentir esa opresiva oscuridad, pero nunca más volvió a llorar en una cueva. Si acaso lo hizo, fue de emoción ante las maravillas que la luz artificial descubría ante sus ojos.
Actualmente es un espeleólogo de referencia con más de 40 expediciones a lo profundo, profesor de Geología Planetaria en la Universidad de Bolonia y consultor de la Agencia Espacial Europea. En este libro nos dice que en estos tiempos en que las tecnologías de sonar, radar y satélite nos permiten incluso cartografiar el fondo marino aún no existe ningún instrumento que nos permita ver con claridad y detalle por debajo de la superficie de nuestro planeta. Con el casco del espeleólogo se ha adentrado en cavidades de Europa, Asia Central, desiertos y selvas de México, el casquete polar de Groenlandia, las playas de Filipinas, el subsuelo de los bosques de los Urales, el interior de los volcanes de las islas Canarias, los glaciares de los Alpes o las entrañas de los relieves amazónicos de Brasil, Colombia y Venezuela.
El libro arranca con esos primeros pasos hacia lo oscuro. El miedo hacia lo oscuro enseguida se tornó en fascinación. Con siete años había quedado subyugado por el libro de un espeleólogo y escritor, Attilio Benetti , amigo de su padre. Lo fueron a visitar a Camposilvano y le enseñó la espina dorsal de un enorme tiburón del Cretácico que existió en la época de los dinosaurios. El pequeño Francesco había oído que en la cercana cueva del Cóvolo había serpientes antiguas petrificadas en el techo y Attilio le dijo que fuera a verlas y después él le desvelaría su secreto. La cueva del Cóvolo es de entrada más accesible, y ya entonces el miedo se empezó a mezclar con una irresistible curiosidad. Al penetrar en su interior tuvo la impresión de estar en un templo oculto. Vio las espirales en el techo de la cueva y posteriormente Attilio le mostró su colección de amonites: no eran las serpientes que decía la leyenda sino algo todavía más enigmático, fósiles de conchas ya extinguidas a cientos de kilómetros del mar.
Su pasión de espeleólogo tampoco elude los riesgos y señala que “la espeleología aparece en los medios de comunicación principalmente cuando se producen accidentes terribles. Quedar sepultado vivo es una imagen espantosa que ha helado la sangre de la humanidad durante milenios. En realidad, los accidentes en cuevas son muy poco frecuentes, pero sobre todo pocos saben que precisamente en la espeleología es donde se han forjado algunas de las historias mas fascinantes de mutuo socorro que jamás hayan ocurrido”. Y se refiere al desesperado rescate en septiembre de 2014, del español Cecilio López-Tercero (que califica de “querido amigo”), víctima de una caída a cuatrocientos metros de profundidad en una cueva situada a tres mil metros de altitud en una zona remota de los Andes peruanos. Que tuviera varias vértebras rotas y solo pudiera salir en camilla aún lo hizo más difícil pero once días después del accidente, 51 espeleólogos españoles, franceses, mexicanos e italianos, con la ayuda del ejército peruano, lograron sacarlo.
En este libro de indagaciones subterráneas, en el que se relatan expediciones espeleológicas e investigaciones profesionales, el texto siempre está tocado de esa fascinación del autor, que no ha perdido nunca. Nos dice que “la vision del continente oscuro se encarna en las profundidades del Abismo y se expande en el entramado del Laberinto, donde las posibilidades y los desvios son infinitos” y nos dice que “es fundamental considerar que la cuarta dimensión, el Tiempo, también forma parte de ese espacio, entre cavidades de millones de años de antigüedad y otras más efímeras que la vida de un hombre. Descendiendo más profundamente, buscaremos las raíces, hasta donde se extienden los vacíos explorables en el viaje hacia el centro de la Tierra, es decir, los volcanes, la lava, y cómo están conectados con la energía interna del planeta, hasta llegar a la Ultratierra, esos lugares profundos a los que ni siquiera podemos llegar con la imaginación”.
Pero la imaginación es una gran exploradora de lo desconocido. En la última parte del libro incluso trata de imaginar otros continentes oscuros, desde las inmensas y misteriosas cuevas de los tepuyes venezolanos, hasta los gigantescos tubos de lava bajo la superficie gris de la Luna, o los profundos pozos que observamos en la superficie roja de Marte. Después de leer el libro dan ganas de empezar a abrir un agujero en el suelo y encontrar caminos hacia lo profundo.




