«El caso Cem» o la fragilidad de la identidad
La escritora búlgara Vera Mutafchíeva publica la novela «El caso Cem» (Automática).

Texto: David Valiente
La novela de la historiadora, otomanista y escritora búlgara Vera Mutafchíeva (1929-2009) aborda, no sin cierta oblicuidad, un periodo de la historia más bien mal comprendido —cuando no desconocido— en los márgenes occidentales de Europa. Pero una de las virtudes de El caso Cem, arraigada en su propia estructura narrativa, reside en la manera humana de reinterpretar el pasado: la autora prioriza las emociones sobre los grandes acontecimientos, sin perderse en disputas escolásticas incomprensibles incluso para los litigantes.
La obra narra el enfrentamiento entre los dos hijos del fallecido Mehmed II por el trono Imperial y el periplo de uno de ellos, shehzade Cem, protagonista de la obra, por la Europa cristiana. La autora se sirve de los acontecimientos para indagar de forma particular en la fragilidad de la naturaleza humana cuando llega el turno de enfrentarse a los prejuicios de la historia. La pregunta, entonces, se vuelve inevitable: ¿Qué puede llegar a ser realmente de un individuo si otros se ocupan de escribir su historia?
Uno de los aspectos más llamativos de la obra es que nunca ofrece una verdad absoluta sobre el príncipe Cem. El lector se aproxima a la figura del hijo pequeño del sultán a través de las múltiples voces que lo perfilan: voces de amigos, enemigos, amantes… Cada personaje ofrece una perspectiva nueva condicionada por sus intereses, prejuicios y recuerdos. Por tanto, Cem no representa lo mismo para todos: mientras que para unos es una amenaza política de primer orden, para otros es un aliado —cuando no un tonto útil— o bien un joven veinteañero absorto por las rimas asonantes y vulnerable a las intrigas políticas de su tiempo.
El silencio de Cem no encuentra compensación en la versión unívoca de un narrador omnisciente. Se entiende, por tanto, que la pretensión de la autora es poner al lector en la posición de juez y, más que animarlo a emitir un juicio claro sobre el joven príncipe, invita a desconfiar de todos los testimonios por muy fiables que puedan parecer.
A partir de aquí, se puede deducir que la novela de Vera Mutafchíeva tiene una doble lectura que adquiere una resonancia inesperadamente contemporánea. Por un lado, está su intento de advertir del uso espurio que se hace de la información que circula a velocidad vertiginosa: se dan situaciones en las que se conoce antes el relato sobre la persona que a la propia persona, y en muchas ocasiones el retrato que se hace no es el más halagador. Por otro lado, puede leerse también un intento de recuperar la dignidad arrebatada a quienes se han visto obligados a habitar en los márgenes. María Vútova, traductora del libro, informa en el prólogo de que Vera Mutafchíeva tuvo un hermano pequeño que huyó a Francia, un acto que por aquel entonces, en la Bulgaria comunista durante la Guerra Fía, se consideraba deserción. La escritora le podría haber reprochado que manchara aún más el apellido familiar —recordemos que el progenitor, Petar Mutafchíev, fue “tachado de fascistas” por el mero hecho de hablar perfectamente alemán y haberse formado en la Universidad de Múnich—, pero se decantó por tratar de entender las causas que conducen a abandonar a una persona su hogar y a sus seres queridos por un mundo desconocido y, la mayoría de las ocasiones, hostil.
El caso Cem no ofrece respuestas definitivas —si lo hiciera, posiblemente sería un ensayo—. Lo que hace, en cambio, es obligarnos a desconfiar de cualquier relato que pretenda agotar una vida. Mutafchíeva recuerda que una persona nunca coincide del todo con la imagen que proyectan sobre ella los vencedores, los enemigos o los testigos. Quizá por eso su novela, escrita hace casi sesenta años, continúa interpelando al presente. Vivimos rodeados de historias que aspiran a sustituir a las personas de las que hablan.




