La editorial Libros del Asteroide acaba de publicar “Un hijo cualquiera”, de Eduardo Halfon.

Texto: David PÉREZ VEGA

 

He leído bastantes de los los libros que ha publicado Eduardo Halfon (Ciudad de Guatemala, 1971), MonasterioDueloSignor HoffmanMañana nunca lo hablamosEl boxeador polacoSaturno, CanciónBiblioteca bizarra, y algunas obras más tempranas como El ángel literarioDe cabo roto y Elocuencias de un tartamudo.

Después de algunos titubeos iniciales en busca de una voz propia, Halfon acabó creando al personaje que va a ser el narrador de todas sus novelas: Eduardo Halfon, alguien muy parecido a su autor, pero que no es exactamente él. El Halfon personaje es un fumador empedernido, por ejemplo, y el Halfon autor no fuma. Por lo demás, los dos comparten edad, nacionalidad y peripecias vitales comunes. En los libros que están publicados, desde hace ya unos años (algunos son rescates de editoriales anteriores), en la editorial Libros del Asteroide, está creando una obra que, en realidad, es la misma novela, publicada por partes, ya que todos estos pequeños volúmenes, que apenas superan las cien páginas, están unidos por un mismo narrador y por unos temas comunes. Halfon habla en estos libros de su gran familia judía latinoamericana, proveniente de Europa o de Oriente Medio, e indaga en el tema de la identidad. ¿Es Halfon judío, guatemalteco, norteamericano (donde ha vivido gran parte de su vida), polaco? ¿Cuál es su identidad?

En Un hijo cualquiera aparece, en gran medida como hilo conductor de su nueva propuesta, la figura de su hijo real, nacido hace cinco años, y del que en el libro nos va a hablar desde su nacimiento hasta que tiene tres o cinco años. En el primer capítulo, Halfon habla del parto de la mujer para dar a luz a su hijo, y de la decisión inicial de hacerle o no la circuncisión, una decisión que han de tomar los padres, que será irreversible para el hijo, y que, de un modo u otro, formará parte de su identidad. «Y entendí, de una manera categórica o aun mística, que el pene de mi hijo, a partir de ese momento, ya no era suyo», leemos en la página 14, como conclusión de este capítulo. A través de los padres y los antepasados se va ya conformando la que será, por aceptación o rechazo, la identidad del hijo.

Desde aquí, Halfon recuerda algunos episodios de su niñez, uniendo así sus recuerdos iniciales con los primeros pasos de su hijo. «El sentimiento de paternidad, como escribió James Joyce en Ulises, es un misterio para el hombre.» (pág. 11), Halfon, en sus reflexiones sobre la paternidad evoca a algunos autores, como en la cita que señalo.

En Un hijo cualquiera también nos habla de sus comienzos en la lectura y en la escritura, a una edad relativamente tardía, a los veinticinco años, al volver a Guatemala tras una larga estancia en Estados Unidos y un título de ingeniería bajo el brazo. A los veintiocho años viaja a París: «En aquel tiempo, en París, yo estaba en mi primera fase de lector. Es decir, la fase de alguien que, cualquiera que sea su edad, acaba de descubrir la magia de los libros y siente la necesidad de leerlos todos. La lectura, entonces, como acto personal de anarquía o como inmolación literaria (dependiendo si uno está más próximo a Emma Bovary o a don Quijote). Leer como si la literatura fuera una droga. El lector junkie.» (pág. 37). No estoy del todo seguro, pero creo que ya había leído previamente en los libros de Halfon algo sobre sus comienzos en la lectura y la escritura. Sí que estoy seguro, sin embargo, de leer aquí, de forma tangencial sobre algunos temas ya tratados en otros libros: en la página 18 nos habla de cómo en el año 1981, tras la escalada de violencia en Guatemala, los padres de Halfon deciden mudarse a Estados Unidos. Sobre esto había leído en el libro de relatos Mañana nunca lo hablamos. En la página 135 aparece alguna referencia al abuelo polaco que escapó de un campo de concentración, historia que se cuenta en El boxeador polaco.

Las fronteras entre lo que es una novela y un libro de cuentos en Halfon son difusas. En sus libros es frecuente que se produzcan saltos en el tiempo y en el espacio y que el Halfon personaje nos cuente historias que se pueden ajustar al tiempo narrativo de un relato, y que no tienen, en realidad, que ver con una composición clásica de novela. En la contraportada del libro Halfon habla de «historias que componen este libro» y los editores de «los textos reunidos en este nuevo libro». Creo que de un modo deliberado se evita hablar de libro de relatos porque esto limitaría las ventas. El mercado del libro en España, e imagino que casi todos los países será igual, acepta mucho mejor las novelas que los libros de relatos. En Monasterio, donde Halfon narra el viaje su viaje a Israel, para asistir a la boda de una hermana, nos encontramos de forma más clara con una novela, y en Signor Hoffman con un libro de relatos, unidos por la persistencia de una misma voz narrativa. Pero, en el fondo, y como ya he apuntado, cada nueva entrega de un librito de Halfon supone, en realidad, un nuevo capítulo de su gran y única novela en construcción.

De Un hijo cualquiera me gustaría destacar el relato titulado Beni, en el que Halfon viaja a Guatemala para recoger los restos de su abuelo muerto, y ha de entrar en un cuartel militar acompañado de un viejo guardaespaldas de la familia. Me ha parecido una narración muy poética y con una gran tensión narrativa, que indaga en el pasado de violencia del país dejando sin aliento al lector. Un relato que comparte sequedad y precisión con los textos de su compatriota Rodrigo Rey Rosa.

Por el contrario, me parece que tiene menos tensión un relato titulado La pecera, donde un Halfon que acaba de sufrir un accidente se adentra en un cine de Bélgica, donde las cosas parecen normales, pero no del todo, con un ligero toque onírico a lo Julio Cortázar.

He leído Un hijo cualquiera en muy poco tiempo. Lo he disfrutado como suelo disfrutar los libros de Halfon, aunque también es cierto que ha desaparecido en parte la sensación de extrañamiento y sorpresa del principio, de la época en la que leí Monasterio y Duelo, quizás sus obras más destacadas. Los relatos o novelas de Halfon siempre son entretenidos y me dejan con sensación de querer leer más, lo que es, claramente, un síntoma positivo. Pero no sé si hay en la propuesta de Halfon algunos indicios de agotamiento, como si los misterios principales de su gran familia judía hubieran sido ya expuestos en sus páginas y él siguiera dando vueltas alrededor de ellos de un modo indefinido. Desde luego, cuando en 2008, Halfon creó en El boxeador polaco al personaje Halfon y la idea de la búsqueda de la identidad en su familia judía dio con una propuesta poderosa, que generó sus mejores frutos en Monasterio y Duelo, pero no sé si la misma fórmula va a poder ser repetida por él para siempre. Por ahora su obra me parece de las más estimulantes de la narrativa latinoamericana del presente. ¿Escribirá Halfon en el futuro algún libro en el que deje de lado al personaje Halfon, se agotará la propuesta o podrá renovarla de forma inagotable? El tiempo nos dirá.