Su trilogía del narcotráfico en la frontera Sur de Estados Unidos es brutal, en todos los sentidos de la palabra. Acaba de publicar “Ciudad en llamas” (Harper Collins), que arranca una nueva serie en la Providence de los años 1980 disputada entre la mafia irlandesa y la italiana.

Texto: Antonio ITURBE  Foto: San Diego Union Tribune

 

Ciudad en llamas es una novela con todos los ingredientes de la novela clásica de la Mafia. Corren los años 1980 en Providence, a medio camino entre Nueva York y Boston. Una ciudad mediana controlada por dos clanes familiares medianos, uno italiano y otro irlandés, que se reparten ordenadamente los sindicatos portuarios, el cobro de protección a locales, el juego, la prostitución y el incipiente tráfico de drogas, hasta la raya donde empieza el territorio de la gente de color. Danny Ryan trabaja como estibador y hace tareas de cobro de morosos y reparto de alguna torta, no de dulce, cuando alguien se retrasa. Es un matón, pero no disfruta apretando a la gente y se respetan a rajatabla ciertos códigos que hacen que la vida sea apacible. Son labores para su suegro, el jefe de los irlandeses, John Murphy. Está casado con una Murphy, su mejor amigo es un Murphy, pero a él no le acaban de dar demasiada bola. Aunque tampoco le importa. Vive tranquilamente, disfruta de las barbacoas en la playa donde confraternizan con sus colegas italianos en tareas mafiosas -los Moretti- y trata de no complicarse la vida. Pero todo cambia cuando el hermano pequeño de los Murphy se lía, un poco a trompicones, con la novia de uno de los hermanos Moretti. Arde Troya, o Providence. La ciudad entera se convierte en una barbacoa al rojo vivo y Danny va a tener que tratar de sacar las castañas del fuego antes de que todo se queme.

Desde su casa de San Diego, Don Winslow, recientemente ganador del Premio Pepe Carvalho a su trayectoria, ha atendido a LIBRÚJULA sin morderse la lengua ni escudarse en la distancia para escurrir el bulto. Podrán gustarles más o menos las novelas de Don Winslow, pero es un tipo que, tanto en la página como en la vida real, da la cara.

Tras años sumergido como narrador en el durísimo mundo del narcotráfico de frontera, ahora se ha introducido en el mundo de la mafia irlandesa: ¿Hay códigos distintos entre los Murphy o incluso los Moretti respecto a los carteles mexicanos?

Ni por un segundo he tenido la intención de “blanquear” a las mafias irlandesas o italianas, ambas pueden ser brutales. Pero es cierto que la cultura es profundamente diferente a la de las organizaciones narcotraficantes mexicanas, digamos, por ejemplo, el Cartel de Sinaloa. Por un lado, los irlandeses e italianos tenían una estricta prohibición de dañar a las familias. Las esposas y los niños estaban fuera de los límites en términos de violencia. Era raro que los irlandeses o los italianos mataran a un rival frente a su familia. En un momento dado, los cárteles mexicanos observaron este código, pero se deterioró durante la era hiperviolenta de 2002-2014. Los irlandeses e italianos fueron muy cuidadosos para evitar bajas ‘civiles’, probablemente más por motivaciones prácticas que morales; los cárteles mexicanos se volvieron extremadamente insensibles en este sentido.

¿Su modus operandi también es distinto?

En ese periodo muy violento en México los cárteles emplearon lo que eran, prácticamente, ejecutores paramilitares: policías, militares y fuerzas especiales anteriores o actuales. Esto aumentó enormemente el alcance de la violencia a lo que podría considerarse una guerra civil. Esto nunca ocurrió en las turbas irlandesas o italianas, que eran relativamente pequeñas.

Danny Ryan es un matón, pero a la vez cuando yo lo leía pensaba que Danny no era mala persona. ¡Te cae bien! ¿Se puede ser un mafioso y no tener mal corazón?

Pienso que la gente es complicada, rara vez todo es bien o todo es mal. Me gusta escribir sobre esas complicaciones, porque plantea conflictos tanto internos como externos, lo cual me parece interesante. Danny comienza la historia como un matón, pero también es esposo, amigo y futuro padre. Ama a su esposa, a sus amigos, a su hijo. En ese sentido él tiene un buen corazón. Aun así, hace cosas malvadas y violentas. Trato de no quedarme fuera de mis personajes y hacer juicios morales. Quiero adentrarme en ellos para mostrarle al lector la vida de los personajes a través de los puntos de vista de los personajes. No puedo hacer eso si estoy juzgando ‘bueno’ o ‘malo’.

Usted debe de haber conocido unos cuantos gánsteres…

Y eso me ha mostrado que hay diversas situaciones dentro de las complicaciones morales. He conocido gánsteres que eran sociópatas rotundos. Eran incapaces de sentir el dolor de nadie más que el suyo propio, y su abrumadora autocompasión era horrible. He hablado con asesinos que no sentían absolutamente ninguna empatía por sus víctimas, pero estaban resentidos y desconsolados porque los atraparon. Al mismo tiempo, he conocido gánsteres, hombres violentos, que tenían un código moral diferente al de la mayoría de nosotros. Podrían ser despiadados con otros gánsteres, pero protegerían a las mujeres y los niños.

Nos explica cómo durante años la mafia italiana y la irlandesa conviven en equilibrio, incluso amistosamente. ¿Eso es una licencia literaria o era posible esa convivencia?

Oh, era muy posible, de hecho, sucedió. Escuche, las alianzas criminales, étnicas o no, siempre son fluidas. Siempre dependen de las demandas de dinero, territorio y poder, que en realidad son lo mismo. Pero históricamente, los irlandeses e italianos que emigraron a Nueva Inglaterra pronto se vieron rechazados por la antigua estructura de poder anglosajona. Fueron excluidos de la participación política, fueron discriminados social y económicamente. Entonces se unieron para formar una base de poder, y finalmente se hicieron cargo de las fuerzas policiales, la política local y, sí, el crimen organizado. Una vez más, esta alianza fue tanto fluida como localizada.

¿Y qué queda de ese mundo de mafias, digamos, honorables?

Cuando crecí allí, eso estaba intacto; después, no tanto. Actualmente, los irlandeses están prácticamente fuera del mundo del crimen organizado, y la mafia italiana es una sombra de lo que fue.

También nos muestra cómo ese equilibrio entre clanes rivales puede saltar por los aires. La guerra la enciende una disputa amorosa entre dos bandos, como en los grandes clásicos de la literatura. ¿Hay que desterrar la idea de que el género negro es únicamente una literatura de entretenimiento?

Sí, por favor. No es que haya nada malo con el entretenimiento. Defenderé la novela de entretenimiento hasta el final. Requieren mucha habilidad, talento e imaginación. Pero sí creo que a menudo definimos el género policial de manera demasiado estrecha. Tal vez una mejor manera de decirlo es que miramos nuestras raíces demasiado superficialmente. Cuando leo, por ejemplo, la Ilíada, la Odisea y la Eneida, recuerdo todos los temas que tratamos en la novela policíaca contemporánea. O tomemos el Ciclo de Orestes de Esquilo: fácilmente podría ser una novela o película negra. Del mismo modo con temas de Shakespeare o Cervantes.

¿Le hacen mella algunos críticos puristas que siguen regateando a los autores de novela negra su estatus literario?

Algunas de las mejores escrituras se encuentran en el género policial. Raymond Chandler, por ejemplo, es pura poesía. Y el género también está a la vanguardia de la confrontación de los principales problemas sociales de nuestro tiempo: justicia, drogas, corrupción, pobreza y opresión. Me encanta el género. No podría importarme menos que algunos elitistas piensen en nosotros como una forma literaria menor.

¿Cuál fue en su juventud la lectura que lo llevó hacia la pasión por escribir?

Tuve mucha suerte cuando era niño. Mi madre era bibliotecaria y mi padre era un marinero que amaba los libros. Así que siempre había libros en la casa, A mi hermana (también novelista) y a mí se nos permitía y animaba a leer todo lo que quisiéramos a cualquier edad. Mi padre me acercó a novelistas populares como Robert Ruark, Leon Uris y James Michener. Sé que esto me convierte en un gran empollón pero también me apasionaba Shakespeare. Lo leía incesantemente cuando era niño y trataba de memorizar los discursos.

¿Y cuándo llegó a la novela policiaca?

No llegué hasta los veinte años. Trabajaba como investigador privado en Nueva York y me topé con las novelas protagonizadas por Matt Scudder de Lawrence Block. Eso me llevó al incomparable Elmore Leonard, luego a Charles Willeford, John Macdonald y otros. Raymond Chandler, por supuesto. Cuando comencé a leer a esos autores, supe que eso era lo que quería hacer con mi vida. Por supuesto, tomó algunos años para que el mundo estuviera de acuerdo.

Los detectives clásicos optan a veces por tomar atajos legales. ¿El sistema judicial que nos protege a todos tiene también sus puntos débiles?

Oh, sí. Hay quienes dicen que el sistema de justicia estadounidense es su propio escollo. No estoy seguro de ir tan lejos, pero ciertamente he visto sus trampas. Uno de ellos es que el sistema está superpoblado, principalmente por la llamada Guerra contra las Drogas. La justicia es una máquina que sólo tiene que seguir moliendo a gran velocidad. A menos que tenga el dinero para un abogado de alto nivel, a menudo lo representa un defensor público con exceso de trabajo y relativamente inexperto que está bajo una gran presión para que sus clientes se declaren culpables de un cargo menor en lugar de perder el tiempo para un juicio. La gente termina en la cárcel por miedo a recibir una sentencia más alta.

¿Qué pasa en los tribunales con esa guerra contra las drogas?

Pues que es la era del encarcelamiento masivo. Ponemos a demasiadas personas, la mayoría de ellas personas de color, en prisión durante demasiado tiempo. Los efectos sobre ellos y sus familias han sido devastadores, ya que construimos la población carcelaria más grande en la historia del mundo.

Tras su tremenda trilogía –El poder del perro, El cártel y La frontera– pocos discuten que es usted uno de los grandes expertos mundiales en narcotráfico. ¿Es el momento de variar la estrategia?

Ha sido el momento de cambiar de estrategia durante al menos cincuenta años. En Estados Unidos hemos gastado un billón de dólares y hemos puesto a cientos de miles en la cárcel. ¿Y cuál ha sido el resultado? Las drogas son más abundantes, más letales y menos costosas que nunca. Asesinatos, violaciones y agresiones quedan sin resolver mientras la policía está ocupada persiguiendo drogas. Si eso es ganar, odiaría ver perder.

¿Se puede ganar esta guerra?

En realidad, la perdimos el mismo instante en que declaramos la «guerra», porque las drogas no son un problema militar, ni siquiera son un problema policial, son un problema de salud. Nunca atacaremos con éxito el problema del lado de la oferta, solo podemos tratarlo del lado de la demanda. Las drogas son en gran medida una respuesta al dolor. Tenemos que hacer y responder la pregunta: «¿Qué es el dolor?» «¿Dónde duele?» Hasta que no hagamos eso, el problema de las drogas estará con nosotros. La legalización es la única respuesta. En todos los ámbitos.

Usted lleva 30 años radiografiando todo tipo de delincuentes y gente que vive al otro lado de la ley. ¿Cree que ha aprendido algo de ellos que le haya servido para su vida como ciudadano intachable?

Bueno, hay algunas personas que disputarían que soy un «ciudadano intachable», pero sí, creo que he aprendido algunas cosas. Aprendí que las cosas rara vez son tan simples como parecen, que las elecciones morales no siempre son en blanco y negro. Aprendí que la corrupción es real, que los gobiernos no siempre dicen la verdad, que las personas buenas pueden hacer cosas malas y viceversa. He aprendido que no siempre tengo la razón, que necesito dejar espacio para los puntos de vista de los demás. Lo que espero haber aprendido es algo de compasión.