El ensayista y crítico de arte William Deresiewicz  ha publicado “La muerte del artista” (Capitán Swing) en el que a través de más de 140 entrevistas a personas relacionadas con el mundo del arte desmonta la idea simplista de que ser artista y vivir del arte es fácil.

 

 

Texto: David VALIENTE Foto: Isabel WAGEMANN

 

¿Pretendes ser un artista o crear contenidos? ¿Que si puedes hacerte famoso y multimillonario? ¡Por supuesto que sí! No te sofoques ni te lleves malos ratos; en pleno siglo XXI, con una buena conexión a internet, un ordenador y un móvil, puedes crear universos paralelos que te convertirán en una estrella tarde o temprano, asegura Silicon Valley. Sin embargo, la realidad es tozuda. La muerte del artista de William Deresiewicz (New Jersey, 1964) es un jarro de agua fría sobre las sobreexcitadas cabezas de ciertos aspirantes a artistas. Y no entiende de discursos optimistas. Así lo demuestran las 140 entrevistas a personas relacionadas con el mundo del arte que componen un ensayo que derriba el discurso de los tecnócratas de que, si quisiera conseguir o hacer arte, solo tendrían que levantar el teléfono de sus despachos (véase la última hazaña del presidente de Tesla, Elon Musk). Por este motivo, para aquellas personas que hayan comprado este discurso sin comparar precios ni calidad, solo por lo hermoso del envoltorio, la entrevista no podía empezar de otra  manera que no fuera con esta pregunta:

¿Cualquier persona con un portátil, una conexión a Internet y un móvil puede ser un artista?

Hacer arte es, como mínimo, un oficio, un conjunto complejo de habilidades que lleva años aprender y muchos más años dominar. La habilidad no es suficiente. Si un artista quiere sacar su obra adelante, también requiere de talento y muchas horas de trabajo minucioso para hacer algo que realmente merezca la atención del público. Lo que significa que los artistas necesitan algo más que talento. Necesitan tenacidad, resistencia, autodisciplina, dedicación obsesiva y decidida, resiliencia ante el rechazo, aguante para tolerar las críticas, tolerancia al riesgo y una prodigiosa capacidad de trabajo.

En su libro nos cuenta que los artistas cada vez tienen menos tiempo para crear porque deben atender a otros quehaceres: un segundo trabajo, la búsqueda de patrocinadores, marketing, la atención de su público… ¿Este hecho hace que el arte que se produce ahora tenga una menor calidad del que se hacía tiempo atrás?

En general, sí. Y no tenemos que irnos muy lejos en el tiempo, ya hace veinte años, antes del auge de las redes sociales, el arte comenzó a deteriorarse. Y esto no se debe solo a que los artistas tengan que pasar mucho tiempo haciendo otras cosas además de hacer arte. También se debe a lo poco que se les paga por el arte que producen.

La creación del arte no se puede automatizar, ni la tecnología puede hacer que el proceso sea más eficiente. La calidad, por lo tanto, se hundirá para alcanzar el precio. En igualdad de condiciones, los artistas a los que se les paga menos se verán obligados a dedicar menos tiempo a hacer cualquier cosa. Primero, tuvimos la comida rápida; luego, la moda rápida (ropa desechable de bajo costo hecha en lugares como Vietnam y Bangladesh), ahora tenemos el arte rápido: música rápida, escritura rápida, video rápido, fotografía, diseño e ilustración, hecho de manera barata y consumido a toda prisa.

A eso quería llegar, al consumo. ¿El arte ya no se disfruta ni se aprecia ni se reflexiona, simplemente se consume compulsivamente?

Creo que el público todavía disfruta del arte, pero es cierto que hay cierta tendencia en la gente a consumirlo de manera compulsiva e irreflexiva, a causa del streaming, a que solo con sentarnos y apretar un botón tengamos muchísimo contenido al alcance de nuestra mano. Seguimos consumiendo una enorme cantidad de arte; de hecho, probablemente más que nunca, pero es un arte sin la relevancia que tenían las películas en los 70, o la música en los 60, o las novelas en los 50. El arte ya no se vive como una cuestión de vida o muerte.

En el mundo del arte todavía es muy común la imagen del artista bohemio que huye del dinero por la dignidad creativa. ¿Quién presiona a los artistas para que asuman este rol? ¿De dónde viene en la actualidad esa idea tan irracional de que el artista debe vivir casi en la mendicidad?

Las raíces de esta idea son antiquísimas. Nuestra comprensión del arte y de los artistas experimentó un cambio fundamental durante el periodo romántico, a finales del siglo XIX. Las clases educadas o progresistas sustituyeron su fe en Dios por su fe en el arte, tanto es así que existía el temor de que el dinero, como hace el demonio, corrompiera la creatividad del artista. Esta no es en sí misma una mala idea, pero conduce a la sociedad al error de pensar que el artista no debe tener ninguna consideración por el dinero. Por supuesto, la gente tiene que comer. Esto llevó a una situación en la que los artistas, en particular los jóvenes, se hacen mucho daño al ignorar las realidades financieras.

Para solventar las crisis financieras, los artistas emplean los micromecenazgos. ¿Les ayudan realmente?

El crowdfunding [recaudación de fondos] es una de las mejores cosas que internet ha hecho por los artistas. Casi todos los artistas jóvenes con los que he hablado lo utilizan para financiar su trabajo. El problema no es el crowdfunding en sí mismo, sino la percepción de que ha resuelto todos los desafíos de ganarse la vida como artista. Pero eso es un error. Como mucho, funciona como una pieza más de su cartera financiera. Todavía hay mucho más por hacer para mantenerse a flote.

¿Con el micromecenazgo los artistas no corren el peligro de reconvertirse en artistas de cámara?

Absolutamente. Volvemos a los días del patrocinio, excepto que ahora tus patrocinadores son tu pequeña audiencia, unos pocos miles de fanáticos, a los que no te atreves a decepcionar dándoles algo inesperado o sorprender con algo controvertido. Estamos perdiendo la libertad artística que ha sido fundamental para las artes durante más de dos siglos.

Pero claro, para no perder la libertad artística el público debe cambiar su mentalidad.

El público tiene que darse cuenta de que no se puede obtener algo a cambio de nada, para siempre, sin consecuencias. Necesitan darse cuenta de que el arte que aman es creado por seres humanos, aunque a menudo lo obtengan de las grandes corporaciones, y que esos seres humanos tienen que comer. Necesitan reconocer que el arte que están obteniendo ahora en realidad no es muy bueno, en su mayor parte: que nos estamos ahogando en música, libros, películas o televisión mediocre, y todo porque lo estamos obteniendo tan barato.

En su libro nos dice que la clase media artística se está diluyendo, ¿Quiénes son los culpables de este fenómeno?

Es una concatenación de factores entre los que podemos incluir el aumento de los alquileres, pero, sin duda, el principal son las plataformas de internet y la forma en que han desmonetizado el contenido digital, fijando el precio de la música, la escritura y las imágenes en cero o casi a cero. La mayoría de las obras artísticas reciben una tasación inferior a la que recibían hace veinticinco o treinta años. Y sí, la «clase media» de los artistas, lo que significa la gran mayoría de los artistas que trabajan de forma seria, está camino de desaparecer.

Pero en esta sociedad que cada vez consume más arte, ¿podemos vivir exclusivamente de las creaciones de artistas aficionados? ¿No necesitaremos profesionales?

¿Necesitamos cirujanos profesionales, o nos conformamos con que nos opere un cirujano amateur? ¿Necesitamos futbolistas profesionales, o los aficionados nos valen? Ya hay una gran cantidad de arte amateur disponible en línea. Así que debemos preguntarnos esto: de todas las películas que vemos, ¿cuántas están hechas por aficionados? De todos los músicos que escuchamos, ¿cuántos son aficionados? La idea de que podemos prescindir de los artistas profesionales es infantil.

¿Cree que hay algo que los gobiernos puedan hacer para mejorar la situación de los artistas?

Pueden hacer muchas cosas. Subsidiar viviendas para artistas; hacer que los primeros 50.000 € de ingresos generados por el trabajo creativo estén libres de impuestos, como en Irlanda; apoyar una educación artística sólida en las escuelas; proteger los derechos de autor y luchar contra la piratería en línea. Pero lo más importante es obligar a las plataformas tecnológicas a pagar a los artistas de  manera justa.

¿Qué consejo le daría a un artista novato de cara a afrontar una carrera profesional artística?

Bueno, obviamente, lo primero en lo que deben concentrarse es en ser buenos haciendo arte. Para eso no hay atajos. Es importante que dejen a un lado la ilusión de que se van a convertir en virales o triunfar antes de los 30 años. Es un camino largo, muy largo, y deben estar preparados para todos los contratiempos, que los habrá. Por eso, deben preguntarse si el arte es su verdadera pasión. Si la respuesta es “sí”, definitivamente deberán emprender el camino. Si, por el contrario, la respuesta es “no”, entonces no disponen de los condicionantes necesarios para sobrellevar el rechazo y la frustración. Lo segundo que deben hacer es comenzar a educar el lado práctico de los artistas, esto es, cómo vas a encontrar trabajo o vender tu trabajo, hacerte notar, construir una audiencia. Eso de aislarse en un estudio u oficina está pasado de moda; ahora hay que estar en contacto permanente con el mercado. En tercer lugar, un aspirante a artista debe ser flexible. Cualquier carrera artística, da igual la que sea, requiere de una enorme cantidad de creatividad. Deben pensar en la elaboración de sus carreras como el proyecto creativo definitivo. Finalmente, si bien deberían darse una oportunidad, también deben estar preparados para la posibilidad de que no vaya a funcionar, de que es muy posible que lleguen a un punto, probablemente en algún momento de la treintena, en el que tengan que enfrentarse a la realidad y abandonar su sueño. Eso significa tener un plan de respaldo para otra profesión con la que mantenerse.