El extraordinario mitólogo Joseph Campbell se enamoró de la danza mientras se enamoraba de la bailarina y coreógrafa Jean Erdman, su compañera de vida hasta el final. “El éxtasis del ser: mitología y danza” (Atalanta) recoge sus emotivos artículos, conferencias y un breve ensayo sobre el sentido profundo de ese misterioso arte de fundirse con el aire.

 

Texto: Antonio ITURBE

 

Joseph Campbell escribió los mejores textos del siglo XX sobre los mitos universales, con la profundidad de un erudito que dedicó su vida a estudiar la mitología de muy distintas culturas para encontrar el nudo de sus relaciones (¡y vaya si lo encontró!), pero relatándolo todo con la capacidad de asombro de un niño. Ese niño que era a los 5 años cuando su padre los llevó, a él y a su hermano Charlie, al Madison Square Garden a ver el Buffalo Bill’s Wild West Show, un espectáculo sobre el salvaje Oeste para acompañar con palomitas. Pero, incluso entonces, supo ver algo más allá de los disfraces de vaqueros con demasiados flecos y los bigotes postizos.

Nos cuenta lo que sucedió esa tarde en la introducción de este libro Nancy Allison, bailarina que conoció bien a Campbell y a su esposa, Jean Erdman. “Quedó fascinado hasta la obsesión por la imagen de un indio desnudo con la oreja pegada al suelo, con un arco y una flecha en la mano, y cuya mirada reflejaba una sabiduría singular”. Se pregunta si “¿acaso percibió por primera vez la espiritualidad subyacente en la organización de los colores, las formas y los ritmos de las danzas aborígenes norteamericanas?”. Tal vez lo que sí percibió entonces fue esa conexión de Campbell con lo profundo que nunca lo abandonaría: la posibilidad de poner una oreja en el suelo y escuchar el latido del mundo.

A los diez ya había leído todos los libros de indios americanos de la biblioteca pública de Nueva York y le dieron permiso para entrar en la zona de los adultos. En esa edad de la juventud en que uno ha de orientar el timón de su vida, él daba vueltas y vueltas. Le atraía la antropología, pero —se cuenta también en la nota final del libro— descartó esos estudios porque pensaba que podían englobarse dentro de una actividad literaria. Campbell fue profesor de literatura e investigador de mitología antigua, pero sobre todo fue una persona con un oído de indio y unos ojos con infrarrojos para ver las conexiones culturales y sus relaciones con los engranajes complejos de la historia del mundo.

Tras su licenciatura en Literatura entró como profesor en el colegio para señoritas Sarah Lawrence. Allí se matriculó una muchacha llamada Jean Erdman. Tenía una curiosidad insaciable y era de Hawái, así que aprendió a bailar hula a la vez que a andar. Tenía relación con jóvenes coreógrafas que en esos años 1930 andaban buscando maneras de romper el corsé de los tutús y las puntas en el mundo de la danza. Ella le pidió a Campbell tomar clases particulares y la biblioteca se convirtió en su lugar de encuentro. Al finalizar sus estudios, Erdman iba a iniciar un viaje de un año alrededor del mundo con sus padres, ese gran tour que todavía realizaba en la época la gente con dinero y afán cultural. Campbell le regaló un libro y ella le regaló una invitación para acudir a un montaje de danza moderna en la universidad Bennigton donde intervenía.

Seguramente, Joseph Campell ya estaba enamorado de ella cuando acudió esa tarde a Bennigton, pero se enamoró también de la danza. Explica Nancy Allison que “vio el trabajo de un grupo de jóvenes coreógrafos —Martha Graham, Doris Humphrey, Charles Weidman, Hanya Holm— que buscaban formas estéticas originales con las que expresar sus apasionadas observaciones de la condición humana, tanto por dentro como por fuera. Vio un terreno que le permitiría desarrollar su nueva teoría sobre la relación de los mitos con la forma estética y las estructuras psicológicas. Vio a una bailarina, Jean Erdman, con la que podía compartir su pasión por el arte, la mitología y la espiritualidad”.

Para Campbell fue fundamental leer toda la bibliografía sobre antropología, sobre historia, a Freud, a Jung, a grandes pensadores… hay una palabra que aparece a menudo en sus textos a lo largo de toda su vida: “Revelación”. Esa tarde tuvo una, lo cuenta él mismo en uno de los artículos para The Dance Observer.

“Mi primer encuentro con la danza moderna fue una demostración técnica en la escuela de verano en Bennington. Quizá fue por lo repentino que resultó todo, pero me pareció que estaba teniendo una revelación de la humanidad en el futuro. Era una afirmación que llegaba palpitando de una zona interior de vida inagotable que esos jóvenes estudiantes hicieron visible a través de la forma y el cimbreo del cuerpo humano, con la fuerza de la pulsación de la sangre generando latidos en el tiempo. El espíritu era transportado más allá del alcance de las palabras. (…) Movimiento, sentido y sensaciones era idénticos: la verbalización de todo eso habría resultado inane”.

Durante el año que Jean pasó dando la vuelta al mundo, Campbell también la dio sin moverse de su despacho de profesor con una copiosa correspondencia que cada vez fue haciéndose más íntima. Habían trenzado su propio hilo. Se casaron y, años después, cuando él dejó el trabajo de profesor, fundó con ella el Open Eye Theater, una compañía de danza que montaba espectáculos, pero donde también el propio Campbell ofrecía conferencias sobre mitos en diversas culturas y ambos se influenciaban mutuamente: él influía en los montajes de ella, cada vez más relacionados con la indagación étnica, y ella le abrió el mundo de la danza, que Campbell enseguida empezó a poner en relación con las danzas tribales de las civilizaciones antiguas, de las tribus menos contactadas por la toxicidad del hombre blanco o incluso los ritos coreográficos de los primates.

En este libro se reúnen los artículos que escribió para la revista Dance Observer y un ensayo que dejó prácticamente terminado justo antes de morir, donde reflexiona sobre el simbolismo de la danza. Asistimos a la fascinación de Campbell hacia la danza como arte, aunque denuncia también de manera ácida el empeño de convertir la danza en una actividad didáctica, sociológica o de mero entretenimiento que la convierta en algo trivial.

Por eso, desde el principio, es algo que se le revela ya en esa primera audición en Bennington: “El error de los errores es la idea de que para decir algo, uno tiene que decir algo. (…) Es esperable, de manera general, que la inspiración del bailarín [él en el original inglés siempre utiliza el femenino: bailarina] derive de recursos no verbales”. Insiste en que los textos han de ser una semilla, pero esta ha de germinar en el silencio de cada uno para que surja algo que sea ya del propio artista, y en que ceñirse a una danza articulada sobre un guion puede hace caer en el didactismo o en el burlesque, y de esa manera “el arte se reduce a pantomima”. Trata de explicar con palabras percepciones que están más allá de estas y nos recuerda que “mente no debe ser confundida con cerebro”.

Hay páginas cargadas de emoción donde transmite esa profunda fe que tenía en el arte: “El arte proporciona a nuestra mente las líneas estructurales vitales del cosmos y esa representación nos revela las proporciones de nuestro ser. Esa revelación hace que nuestras mentes estén en armonía durante un instante”.

En muchos textos, relaciona sus amplísimos conocimientos sobre la historia de los mitos con la danza de manera muy seductora. Afirma que “la mitología no es una extravagancia pasada de moda sino la compleja estructura viva y dinámica de los estratos más fundamentales de la psique humana”. Su relación con Jean le hizo ser especialmente devoto de la hula hawaiana, que llegó a conocer en profundidad. “Las hulas del antiguo Hawái, como las danzadoras del antiguo oriente, no tenían que mostrar sus emociones personales. No eran creaciones expresivas de sí mismas sino que eran portadoras de una revelación, sin cambios, de generación en generación. El bailarín era transmisor de algo suprapersonal, anónimo, una forma heredada, y se convertían literalmente en sacerdotes y sacerdotisas. Eran, momentáneamente, la manifestación de una presencia inmortal”. Y nos cuenta que “los hawaianos dicen de sus grandes bailarines que no ke akua mai: ‘Ellos pertenecen a los dioses’”.

El conocimiento de Campbell es tan amplio y su capacidad de seducción tan enorme, que su manera de escribir tiene algo de danza de ideas. Nos dice en cierto momento, acompañándolo de pequeñas historias de culturas ancestrales, que “los verdaderos amantes saben instintivamente que son uno” y que “en la danza este misterio es simbolizado en la pareja de baile. Uno puede ver que son dos, pero también ve que son uno”.

Nos susurra que “desde el momento en que cada actuación teatral resulta efímera y cada bailarina está sola, la historia de los momentos creativos de estas artes es comparable a la marca que deja el vuelo de un pájaro en el aire o el temblor de un pez en el agua del mar”.

 

 

 

 

 

 

 

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