Dakar: la cicatriz de los «tirailleurs»

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Fueron reclutados en África para luchar en las guerras de los blancos, tuvieron el frente de lucha afuera y dentro de las trincheras por el desprecio racial a que fueron sometidos y, después, los que no murieron fueron abandonados sin pena ni gloria. Nuestro experto en crónicas lejanas, José Luis Espina, viaja a Senegal para recuperar el eco de su historia.

Texto y fotos:  José Luis Espina

 

Oscurece. Bajo la panza del avión hay una bruma lechosa que enturbia el perfil de las dunas mauritanas. Forman dibujos que culebrean como ondas en la superficie de un lago. A tanta altura todas las ciudades se parecen; en la noche, solo el brillo de las calles las distingue, tan escasas de luz las más pobres, tan parpadeantes las más ricas. Luego el paisaje se va desnudando y, a poco de tomar tierra, una veloz superposición de imágenes nos desvela un páramo solitario y una terminal al fondo donde relucen las letras de Aeropuerto Internacional Blaise Diagne. Estamos a cincuenta kilómetros de Dakar.

Desciendo las rampas y cruzo los pasillos. En la cabina de control de pasajeros, el policía, enorme y marmoleño, sigue el transcurso de un partido de fútbol en la pantalla del teléfono. Aparta la vista del aparato, brinca con la mirada de mi rostro al pasaporte y del pasaporte a mi rostro, y comprueba la coincidencia de fisonomías. Me pide con rudeza que dirija la vista a un monitor y ordena con un cabeceo que acerque los dedos a un lector de huellas.

Dakar es la puerta de entrada al caos, al sindiós de calles polvorientas donde los semáforos apenas existen, las aceras se llenan de coches y los pasos de cebra sirven apenas para romper la monotonía de tanto asfalto. La ciudad es una maraña de avenidas conectadas por glorietas y calles angostas donde conducir es un arte a la altura de temerarios. Paul, el guía, es tajante: aquí impera la ley del más fuerte y del coche más viejo.

En la plaza Dakar-Plateau se encuentra la estación TER, inaugurada en el año 2021. Una feria temática acoge frente a la entrada una docena de carpas donde representantes de centros educativos reparten folletos. La inclemencia del sol no invita a recorrer la explanada de cemento y apenas un puñado de personas hace un alto para solicitar información. A la sombra del vestíbulo de la estación, un partido político ha habilitado un espacio con sillas y una mesa presidencial donde el líder de la formación presenta su programa ante una cincuentena de personas. Estamos en época electoral; tras los comicios de marzo que dieron como ganador al panafricanista Bassirou Diomaye Faye, tocan ahora las elecciones legislativas para formar un gobierno que le permita llevar a la práctica las promesas que le han aupado a la presidencia de un país cansado de políticos que bailan al son de las élites francesas. La corrupción, la revisión de los contratos de pesca concedidos a potencias extranjeras y una gestión de los recursos naturales que beneficie a los propios senegaleses son algunas de sus prioridades.

En el centro de la plaza, arropado por el griterío de taxistas, bocinas y el canto de los almuédanos, se levanta el Monumento a Demba y Dupont, una escultura de Paul Ducuing del año 1923 en honor a los tirailleurs senegaleses, la fuerza de combatientes africanos enviados al frente como apoyo en las campañas coloniales francesas.

En el año 1857 se crea en Senegal este cuerpo de infantería. Hasta su desarticulación en 1960, unos cuatrocientos mil africanos fueron reclutados en diferentes zonas de Senegal, el África Occidental Francesa y el África Colonial del Este. Casi la mitad de ellos, más unos sesenta mil voluntarios, combatieron en Europa durante la Primera y Segunda Guerra Mundial, aunque su participación no se limitó a los dos enfrentamientos armados, sino que se extendió a otros conflictos de colonización, como los de Indochina y Argelia.

A día de hoy todavía resuenan los ecos de los agravios infligidos durante más de cien años a los soldados que, obligados en su mayoría, tuvieron que luchar y dar la vida en enfrentamientos que nada tenían que ver con sus intereses y en condiciones de rechazo racial por parte de los propios combatientes franceses.

Finalizada la Segunda Guerra Mundial y tras la liberación de unos mil senegaleses de los campos de trabajo alemanes, el Gobierno francés incumplió con ellos el compromiso de abonarles las indemnizaciones de guerra y otorgarles la prometida nacionalidad francesa por su participación en la contienda.

Las reivindicaciones y protestas tuvieron lugar el 1 de diciembre de 1944 en Thiaroye, localidad periférica de Dakar, y provocaron la matanza de trescientos fusileros a manos de soldados franceses, de la que el Gobierno se limitó a reconocer setenta.

La cinta Camp de Thiaroye (1988), de Ousmane Sembène y Thierno Faty Sow, prohibida en Francia durante diez años, da cuenta de estos hechos. En el año 2022, Omar Sy produce y protagoniza la obra Tirailleurs, titulada en España como Padre y soldado, una ficción histórica donde un padre se alista en el ejército francés para acompañar a su hijo, reclutado a la fuerza para combatir en la Primera Guerra Mundial. Unas declaraciones de Omar Sy en el diario Le Parisien causaron una airada respuesta de la derecha francesa más radical, que llegó a acusarlo de francófobo y de haber tildado a los franceses de racistas.

También el escritor David Diop, nacido en París, pero educado en Senegal, da cuenta de esos sucesos en su novela Hermanos del alma (Ed. Anagrama), la historia de Alfa Ndiaye y Mademba Diop, dos amigos combatientes que coinciden como fusileros en el mismo regimiento de las filas francesas durante la Primera Guerra Mundial.

En diciembre de 2024, el presidente Bassirou Diomaye Faye organizó un acto conmemorativo con el que quiso devolver a la actualidad la matanza de Thiaroye, asumiendo además el compromiso de que este hecho histórico quede reflejado en los libros escolares.

Entre los numerosos frentes en los que las tropas coloniales tuvieron que intervenir, la batalla de Verdún, acontecida entre febrero y diciembre de 1916, tuvo una relevancia especial. Con un total aproximado de 700.000 bajas, se la considera uno de los enfrentamientos más cruentos de la Primera Guerra Mundial. La imposibilidad de dar sepultura a las numerosas víctimas caídas en combate a lo largo de la Gran Guerra puso en marcha la idea de la tumba al Soldado Desconocido emplazada en el Arco del Triunfo e inaugurada el 11 de noviembre de 1920. Uno de los siete cuerpos exhumados de las diferentes zonas de guerra de Verdún fue trasladado a París y enterrado en representación de las víctimas francesas.

Y como toda historia tiene su contrario, no han faltado voces que hayan alertado sobre la indigna forma de proceder en la selección del soldado inhumado como símbolo de los caídos. Eduardo Galeano, en su libro Espejos: Una historia casi universal, escribe, aunque sin aparente base que sustente la veracidad de sus palabras: «Se eligió, al azar, uno de los caídos en la batalla de Verdún. Al ver el cadáver, alguien advirtió que era un soldado negro, de un batallón de la colonia francesa de Senegal. El error fue corregido a tiempo. Otro muerto anónimo, pero de piel blanca, fue enterrado bajo el Arco del Triunfo, el 11 de noviembre de 1920».

A pesar de los agravios, los senegaleses siguen reivindicando su papel como soldados participantes en numerosas batallas junto al ejército francés. En Kolda, muy próximo a la explanada donde tiene lugar el mercado de comestibles, se mantiene en pie el edificio de la Unión Regional de Antiguos Combatientes y Víctimas de Guerra de Kolda (URAC), un edificio deslucido adornado con murales en la fachada representando condecoraciones, uniformes y escenas de acción protagonizadas por los tirailleurs. Aunque median ya muchos años desde aquellos sucesos, estos espacios se mantienen activos para preservar la memoria de quienes estuvieron al servicio del ejército colonial francés, a la vez que han servido como lugares de encuentro y apoyo a veteranos y familiares.

No es fácil escudarse en el supuesto olvido que provoca el paso del tiempo, ni recurrir a la censura para invisibilizar las manifestaciones de denuncia. Mucho menos en unos tiempos en que la influencia de Francia en el continente africano se ha convertido en irrelevante, cayendo en un descrédito que otras potencias mundiales aprovechan como factor desestabilizador. El vaciado colonial francés —deseable, merecido y más que justificado para muchos— está provocando una sacudida geopolítica de consecuencias imprevisibles.

El progresivo desmoronamiento de su influencia en los territorios integrados en los conocidos como África Occidental y Ecuatorial Francesa y el resto de colonias en el norte y este del continente africano está siendo aprovechado por otros países, especialmente Rusia, para crear una situación de inestabilidad que preocupa no solamente a los franceses sino a todo occidente.

Aunque la injerencia rusa en el continente africano se inicia a principios del siglo actual, la cumbre celebrada en San Petersburgo en el año 2023 vino a ser una confirmación de esta nueva realidad, un foro en el que Rusia se comprometía con las cuarenta y nueve delegaciones de países africanos firmantes a facilitar alimentos y cooperación militar y económica.

Estas acciones de suplantación tuvieron sus inicios en la República Centroafricana donde, en el año 2016, tras no ser atendidas por parte de Francia las demandas del presidente Faustin Archange para hacer frente a las fuerzas rebeldes, sería Rusia quien asistiría con ayuda militar a través del grupo Wagner la petición de ayuda.

Una colaboración nada inocente ni altruista. La paz tendría un coste: desinformación, oro, diamantes y el silencio contra los excesos de los mercenarios de Prigozhin.