Una nueva hornada de escritoras, la mayoría latinoamericanas, transforma el cuerpo en un vibrante espacio narrativo. De las mandíbulas, clavículas, ojos, barriga o extremidades emanan conflictos, dolor, placer y fantasías.

 

Texto: Bernardo GUTIÉRREZ

 

La poetisa argentina Alejandra Pizarnik deseaba vivir en éxtasis, “haciendo el cuerpo del poema con mi cuerpo”. Octavio Paz, en su poema Cuerpo a la vista, describe una cascada petrificada en la nuca o la alta meseta de un vientre. “No se puede escribir sin la fuerza del cuerpo”, decía Marguerite Duras. La historia de la literatura está repleta de cuerpos, de tramas encarnadas, de personajes incorporados a esa “corporeidad mortal y rosa” en la que, según el poeta Pedro Salinas, “el amor inventa su infinito”. Frank Kafka confesaba que “escribía desesperado con su cuerpo y con su futuro en ese cuerpo”. Margaret Atwood escribió que una metáfora llega “cuando los huesos saben que están huecos y la palabra se parte y se dobla y dice la verdad y el cuerpo mismo se vuelve boca”.

En los últimos años, el cuerpo ha vuelto al epicentro de cierta literatura. Empujado por el feminismo, el cuerpo ya no es la nariz que toma vida propia como en el cuento de Nicolái Gógol o el escenario del beso poético de Julio Cortázar (“nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran”). El cuerpo es el territorio. El cuerpo es la política. El cuerpo es un espacio de conflictos, dolores, magia, placer, desconcierto. En la carne se enredan los nudos de la trama. Hace unos meses le sugerí a la escritora trans argentina Camila Sosa que su prosa está llena de pezones sin depilar, párpados sombreados con sangre de encías, cuerpecitos con cardenales. “El cuerpo es el libro primario. Tal vez, el único libro. Pura memoria, pura escritura, pura lenguaje”, me respondió.

En este texto, citaré quince libros publicados desde 2017, aunque la mayoría son novedades de 2021 y 2022. Libros formidables de Djaimilia Pereira de Almeida (Portugal-Angola), Laetitia Colombani (Francia), Sofi Oksanen (Finlandia), Carmen María Machado (Estados Unidos-Cuba), María Fernanda Ampuero (Ecuador), Michelle Roche Rodríguez (Venezuela), Marta Sanz (España), Liliana Colanzi (Bolivia), Mónica Ojeda (Ecuador), Tatiana Salem Levy (Brasil), Amparo Dávila (México), Alicia Kozameh (Argentina) y Santi Fernández Patón (España).

Dolores. En Clavícula (Anagrama, 2017), Marta Sanz recrea el diario de una escritora de éxito azotada por un dolor que va expandiéndose por su cuerpo. “Noto cómo se va acumulando la presión en torno a un lugar muy preciso de mi cuerpo desde el que el dolor se irradia hasta desdibujar su origen. Soy un barómetro de mí misma. Me corto con el filo de mis huesos (…) El dolor recorre mi cuerpo como un pez nadador. Nada, repta, se arrastra, raspa, oprime. Se hace crónico y huele al agua sucia de un galápago-mascota. Forma una película en las fosas nasales. Un musgo. No es mi vida la que me hace infeliz. Es la oscuridad de mi cuerpo”. La protagonista de Clavícula no discierne si su dolor proviene de su cuerpo o de una “película de terror”. “¿Qué es el cuerpo sino la criatura que respira, el brillo de la muerte, la fosforescencia del pecado, el hombre que resplandece en las tinieblas?”, escribe la boliviana Liliana Colanzi en Ustedes brillan en lo oscuro (Páginas de Espuma, 2022).

Alicia Kozameh investiga en 259 saltos, uno inmortal (Barbarie Editora, 2022), un diario asimétrico de una argentina exiliada en California, los signos de la memoria en el cuerpo, “los ínfimos vestigios, huellas de los acontecimientos, ladrillos en la construcción de la historia”. En cierto momento, la única salida es enervar el cuerpo: “Apretar los puños. Clavarse las uñas en las palmas de las manos conteniendo la respiración. Quedarse. Enlazar la mente al cuerpo. Atándola. Adhiriéndola con goma de pegar”. En Mandíbula (Candaya, 2017), Mónica Ojeda define el cuerpo como “un verdadero mapa orgánico de terrores”. El pecho es un roedor huyendo hacia las alcantarillas. El cerebro es un nido de cucarachas. El miedo huele a cuerpo, a orina caliente: “Pensar con el cuerpo era una sensación desconcertante”.

Cabellos. En La casa de los espíritus, la célebre novela de Isabel Allende, Rosa, “blanca, lisa, sin arrugas”, nació con el cabello verde. Su pelo cumplía la función de un accidente geográfico: definía un territorio, orientaba / desorientaba a quienes a él se acercaban. Djaimilia Pereira de Almeida —nacida en Angola, crecida en Portugal— traza en Els meus cabells (Lletra Impresa Edicions, 2022) todo un tratado político alrededor de su pelo: “La historia de mi pelo rizado cruza la historia de por lo menos dos países y, panorámicamente, la historia indirecta de la relación entre varios continentes: una geopolítica”. Su cabello crespo y herético, señal distintiva de un cuerpo negro, vincula a la narradora a la historia que cuenta. La narración elíptica de la historia “frustra toda la filosofía del cabello”.

La circulación transaccional de pelo hilvana La trenza (Salamandra, 2017), la aclamadísima novela de Laetitia Colombani. El “cabello magnífico, sedoso, espeso” que se ofrenda en un templo de la India, procesado a mano en Sicilia, salva la vida a una mujer canadiense golpeada por el cáncer. Sarah, observándose calva en el espejo, se siente frágil: “Ya no es más que una sombra, una caricatura de sí misma, un pálido reflejo de la mujer que fue, que el espejo le devuelve sin piedad”. El cabello sedoso que finalmente llega le devuelve las ganas de vivir.

El cabello sirve de metáfora perfecta para el tiempo que atraviesa los cuerpos. En la novela Norma, de Sofi Oksanen (Salamandra, 2020), el pelo crece tanto en la cabeza de la protagonista que provoca un negocio superlativo. Vendido como si fuera ucraniano, el cabello de Norma concentra el funcionamiento del mundo: “Aquel que controla los sueños controla el mundo. Aquel que controla los cabellos controla las mujeres. Aquel que controla la fertilidad de las mujeres controla a los hombres”. En su última novela, El parque de los perros (Salamandra, 2022), Sofi aborda el tráfico de órganos en Ucrania y cómo bellezas de piel blanca se convierten en donantes de óvulos. El cuerpo, de nuevo, como sinónimo de dolor.

Cuerpo mágico. Si el cuerpo puede estar habitado por terrores / dolores, también puede devenir fiesta y magia. En los cuentos de Su cuerpo y otras fiestas (Anagrama, 2018), la estadounidense de origen cubano Carmen Maria Machado dibuja la sutil frontera entre dolor y placer. En el cuerpo femenino, en la prosa de Machado, se anudan terrores viscerales. El espinazo se clava en el cráneo, la tripa está surcada de rayas pálidas (“al revés que un tigre”). Pero el cuerpo también se desborda a sí mismo y se desenrolla en muchas capas. El orgasmo espanta el miedo: “Los cuerpos se enlazan, se desenlazan, los músculos se contraen. En la mente de la mujer, una cinta de luz se tensa, afloja y se tensa de nuevo. Se ríe. Se está corriendo de verdad”.

Los Sacrificios Humanos (Páginas de Espuma, 2021) de María Fernanda Ampuero, recorridos por pánicos, driblan su batalla contra el placer: “El sexo como el reencuentro con el útero materno, la preconciencia, el placer puro de no saberse mortal e imbécil (…) Ella chapoteaba en un lodo denso, mientras sus pezones se convertían en diamantes. Lluvia de meteoritos en el vientre”.

La venezolana Michelle Roche Rodríguez une en Malasangre (Anagrama, 2020) vampirismo y deseo sexual. La protagonista de esta novela, que retrata cómo empezó la explotación petrolífera en Venezuela, siente que la sangre de los varones a los que seduce en su boca es insuficiente: “Como la modernidad demandaba petróleo para mover las tecnologías de la vida civilizada, yo necesitaba la sangre para reemplazar el alma que la perversidad y la mala suerte me habían arrebatado”. La analogía cuerpo-tierra también está presente en Vista Chinesa (Libros del Asteroide, 2022), de la brasileña Tatiana Salem Levi, novela que narra el trauma de una mujer violada en Río de Janeiro. La violencia sufrida en su cuerpo sirve de metáfora de una ciudad que podría ser el paraíso terrenal si no estuviera castigada por mafias de traficantes, paramilitares, tramas corruptas y desórdenes urbanísticos: “Las violencias sufridas por aquella tierra; con el agua, el barro y los árboles, deslizarán también los dolores, los huesos, los dedos de carne allí arrancados, arrastrando las historias, la memoria, mientras las sirenas de los bomberos invaden mi oído”. La única solución, escribe la narradora, sería que la selva invada y devore la ciudad: “La vegetación comiendo el asfalto, la salvación para Río siempre fue, siempre será, su propia muerte”.

En el lado del placer-frustración se encuentra a su vez la pareja protagonista de A partir de mañana (Ferragosto, 2022), de Santi Fernández Patón. El estrés genera impotencia. La falta de erección masculina desconecta dos cuerpos. Mina una relación. La impotencia va dibujándose sobre recuerdos de un pasado luminoso atravesado por el deseo. “Ambos sabían que la pérdida del sexo, que en definitiva podían expresar en formas distintas al coito, no era lo peor. Lo peor era perder lo que siempre había tenido de juego y complicidad”. El cuerpo de los protagonistas se transforma en un semáforo de señales inequívocas, de “ira paralizante”, “pérdida de control” o “presagio una nueva fatalidad”.

Los ojos del terror. El terror acecha desde algún lugar de la vida diaria. Al mismo tiempo, el horror emana también del propio cuerpo. En Cuentos reunidos (Páginas de Espuma, 2022), de la escritora de culto mexicana Amparo Dávila, el terror de lo cotidiano resplandece en dentelladas corporales. Y suelen ser los ojos, descritos con una profusa diversidad, las puertas del misterio: “Vio de cerca sus ojos, estaban increíblemente brillantes, las pupilas dilatadas, inmensas y lagrimeantes… sintió que un escalofrío le corría por la espalda mientras la sangre le golpeaba las pieles (…) Las dos sombras se habían juntado. Un golpe de aire dulzón y nauseabundo le azotó la cara: el estómago se le contrajo y los ojos claros de Jana eran como los ojos de una fiera brillando en la noche, maligna y sombría. (…) Sus ojos casi fijos miraban hacia otra parte, hacia otro instante”.

Mónica Ojeda habla de ojos-colibrí. Ojos con vida propia, que dejan asomar vidas-terrores. “Me miró desde el horror de sus ojos y yo le sonreí con la boca llena de su sangre”, escribe Michelle Roche Rodríguez. “No tiene ojos, pero aun así me mira. Ella, es ella, me mira. Es horrenda, pero franca. Es grotesca pero real”, narra Carmen María Machado. Los ojos, canales del cuerpo hacia el otro lado, son también símbolos de putrefacción. La mexicana Liliana Blum, describiendo un cadáver en Cara de Liebre (Seix Barral, 2022), destaca “los ojos y otros orificios, los tejidos descompuestos se levantan como si fueran la cáscara de una fruta y liberan el gas acumulado”.

Cuerpo-cosmos. La frontera entre el cuerpo-terror y el cuerpo-magia suele estar desdibujada. Pensar con el cuerpo, como escribe Mónica Ojeda, es asumir las marcas, los dobleces, la historia de los huesos. Es reconocer que la “imaginación es muscular”, que está unida a un esqueleto, que es algo que se mueve. Del cuerpo puede surgir un cuerpo pre-yo del que “emerge como si la capa de nieve se retirase del verdadero paisaje” (Carmen María Machado). En un lunar del cuerpo (Marta Sanz) “se concentra el cosmos, la primera célula humana, el reptil que salió del charco y se convirtió en simio”.

Nada mejor para concluir este inventario de vestigios corporales que un extracto de Seis tetas, un cuento de Camila Sosa en el que un grupo de travestis huye para formar una comunidad con animales, lejos del alcance de los varones: “Me entregué a la dictadura de los minerales y las bestias ciegas. Hundo mis pies cuando camino y ellos echan raíces a cada paso, cuesta desprenderme del amor a la tierra, las raíces arrancan secretos de mica, lombrices que dicen mi nombre, yo continúo un paso delante del otro, me pesan las tetas, me arrastra el culo, mi pene cuelga muerto bajo las faldas que me guarnecen de los mosquitos, las avispas y la mordida de las víboras”.