Carlos Pujol Lagarriga falleció durante la pandemia del covid sin hacer ruido. La editorial Albada publica sus últimas páginas, una apasionada mirada que emerge de las rendijas asépticas del Hospital Vall d’Hebrón.

 

Texto: Antonio ITURBE

 

Carlos Pujol Lagarriga fue editor en editoriales como Plaza & Janés o Destino en los efervescentes años 1990. Tenía mucha agudeza como editor y una mirada interior de poeta que plasmó en un poemario titulado La imperfección, rebosante de emoción, erudición y sentido del humor, a los que él quitaba importancia con esa modestia socarrona tan suya. También fue profesor de escritura creativa y de edición, muy querido por sus alumnos.

Sin embargo, no tuvo suerte en las loterías del azar: puso su talento literario al servicio de algún proyecto editorial que descarriló estrepitosamente por la mala gestión de sus propietarios, como El Andén. Pero muchísimo peor fue que su esposa, Cristina, contrajera un cáncer con el que batallaron durante varios años y perdieron. En una de esas piruetas malas del azar, durante la estancia de su mujer en la planta de paliativos del hospital Vall d’Hebrón, cuando el cáncer ya no se podía curar, él acabó siendo también ingresado a la vez, en la décima planta de digestivo. El hospital se convirtió en la casa conyugal.

Cuenta esos días de dolor y de resignación en estas páginas que, sorprendentemente, resultan luminosas. Podría haber sido un libro de lamentaciones, de reproches al destino o a ese Dios arisco en el que Carlos creía firmemente, tal vez de autocompasión. Pero es todo lo contrario. Por eso este libro es un regalo.

Con esa humildad suya, tan terca que resultaba hasta coqueta, escribía en la introducción que “he aquí un apelotonamiento de incertidumbres, situaciones, esperanzas, tropezones y miedos encapsulados todos en una aglomeración de sospechas que solo buscan ser habitables cada vez que vuelva a recordarlas”.

En este relato de días y noches en el microcosmos del hospital hay momentos duros, como cuando su mujer está dando un bocado de pizza y de repente ya no puede hablar, pero incluso esas situaciones demoledoras, él nos las muestra a través de una ventana de ternura que nos alivia el miedo a la enfermedad. Y, fundamental en él, ese sentido del humor siempre presente de verse a sí mismo arrastrando el carrito con las bolsitas de enfermo, esos que de verdad entienden lo que es el humor, que saben que para reírte del mundo primero has de reírte de ti mismo. Un libro punteado con la admiración infinita hacia los sanitarios que nos cuidan o las pequeñas alegrías de la vida, como encontrarse un libro abandonado en la sala de visitas que en seguida adopta: “me lo he llevado sin pensarlo, como el hambriento que roba un panecillo de la barra de un bar”.

Reflexiones que van del más profundo sentido de la vida a esas cosas que se pasan por la cabeza como fogonazos: ¿Para qué nos sirven los dedos de los pies?”. Y ese sentido del humor que no abandona ni en el filo del abismo: “Teniendo en cuenta que a la muerte se va sin pasar por taquilla ni pagar un duro, no entiendo a qué viene tanta cola”.

Después del fallecimiento de Cristina, tras un gran derrumbe al paso del tiempo se fue levantando poco a poco con una nueva vida junto a su segunda esposa. Pero Carlos Pujol Lagarriga siguió abonado a su ruleta cuadrada de la fortuna: le detectaron un cáncer. A medida que el cáncer avanzaba, él seguía trabajando en las correcciones de aquellas notas que tomó durante la estancia en el Hospital Vall d’Hebrón atrapado por todas partes por la enfermedad. Unos fogonazos impresionistas que iba revisando para que tuvieran esa unidad de relato que ahora tienen. A veces se le hacía cuesta arriba, pero tenía el apoyo de su segunda esposa, Roser Herrera, una mujer valiente. Cuando todo el mundo estaba en marzo de 2020 pendiente de la pandemia del covid, a él se lo llevó el cáncer sin hacer ruido. Nos quedan estas páginas como testimonio de su talento literario y su capacidad para la ternura, los dos extraordinarios.

Nos dice en Cuaderno de Hebrón que “todo se resume en esto: Creer en lo increíble, esperar lo imposible y amar hasta lo inconcebible. O sea, hasta que duela”. Nos dice muchísimas cosas en muy pocas páginas. Este es uno de esos libros que es tan sencillo que asombra por su complejidad, que es tan ligero que nos lleva suavemente de la mano a lo más profundo.

El esfuerzo de Roser Herrera y de los amigos de la última editorial donde trabajó, AlRevés, hizo posible una pequeña edición no venal después de su muerte como un regalo para la gente más cercana. Ahora, la editorial Albada publica este libro soberbio en edición en catalán y castellano, como un regalo para cualquier lector sensible que ame la literatura.