Cosby y lo que arde

S.A. Cosby no es una sociedad anónima, sino un escritor único por la manera en que despliega sus novelas negras sureñas. En “El rey de las cenizas” (Salamandra) regresa a los rincones oscuros de la Virginia profunda donde nació. 

Retrato del escritor norteamericano S.A. Cosby.

Texto: Pere Sureda   Foto: Xavi Torres

 

Esta no es la primera novela de S.A. Cosby que leo. Fue Maldito Asfato publicada por Motus, un sello editorial poco conocido pero con muy buenos títulos. Me sorprendió gratamente. Pero ha sido en esta novela, El rey de las cenizas donde Cosby me ha parecido un autor de novelas actuales en mayúscula. De entrada, no lo hubiera situado en una colección de género porque en un autor todavía poco conocido limita los lectores. Estamos ante una novela y punto.

Bueno, no y punto…. mejor punto y seguido. Una novela que desborda talento, de una potencia narrativa que te descoloca, arrolladora. El retrato de un mundo criminal vívido y brutal pero, sobre todo, un relato de desintegración moral. Una historia contada con ecos chandlerianos, que nos puede remitir a James Ellroy y que visualizo como el escenario de una serie de TV tan de culto como The Wire. Una obra repleta de diálogos inteligentes, diálogos que me interpelan como lector. La magia de Cosby hace que me sienta incómodo por lo que adivino que subyace en la trama, descomunal, y que no da respiro.

El rey de las cenizas, quinta novela de S.A. Cosby, comienza con un breve y sobrecogedor sueño sobre la juventud, el anhelo y la sangre. Roman Carruthers escapó de su pueblo en ruinas, Jefferson Run (Virginia) y ahora es un adinerado gestor de inversiones con un estilo de vida lujoso en Atlanta. Despierta para enterarse de que su padre ha tenido un misterioso accidente automovilístico y está en coma. Roman —cínico y pragmático, imperioso y leal— regresa a casa y descubre que su familia está hecha pedazos. Su hermana, Neveah, que fuma como una chimenea, está agotada y amargada después de haber sido abandonada a cargo de la gestión del crematorio familiar, y su hermano menor, Dante, está perdido, luchando contra la adicción y comportándose más como un adolescente que como el treintañero que es. Al verlos ahora, Roman se da cuenta de que cuando huyó de Jefferson Run, su familia se sintió abandonada por él, y como hijo mayor, quiere enmendar las cosas.

Lo que sigue es un emocionante viaje en montaña rusa. Cosby evoca Jefferson Run como una ciudad del sur empobrecida, con una economía devastada y funcionarios corruptos, desde el alcalde hasta la policía. Sus edificios abandonados y calles en decadencia están dominados por una sangrienta banda local, cuyos negocios son las drogas, las armas, los clubes e incluso el mejor restaurante de la ciudad.

Vibrando bajo el peligro actual que acecha a la familia hay una herida abierta: el misterio de la repentina desaparición de la madre de Roman hace 20 años. Jefferson Run todavía susurra sobre si ella se fue para comenzar otra vida o si fue asesinada y persisten los rumores sobre la implicación de su padre. La ausencia de la madre se ha convertido en la sombra de la familia, un dolor que siempre los ha mantenido atados a Jefferson Run. Aun cuando imaginaban haber conseguido escapar.

La novela se presenta desde la perspectiva de Roman y, a través de sus ojos, vemos el efecto de la violencia que todo lo impregna. Este es el tono en el que nos sumerge: “Estos últimos días había aprendido unas cuantas cosas sobre los Black Baron Boys y su forma de trabajar. Representaban un problema que Roman debía resolver. Tenía un par de ideas al respecto, pero quería consultarlas con Khalil.

Roman sabía de dinero.

Khalil sabía de estrategia.

Si unías ambas cosas, podías hacer tambalear los cimientos más robustos.”

La violencia es un recurso que Cosby maneja para mover los hilos que empujan a Roman a sus rincones oscuros, mientras los lectores nos preguntamos cómo diablos se liberará y si la libertad siquiera es posible en ese mundo.

Con Roman, Cosby ha esculpido un personaje de proporciones shakespereanas: regio, devoto, astuto.  Nos recuerda a Hamlet, un antihéroe atormentado que lucha por encontrar la mejor manera de vengarse mientras preserva su alma en una tierra depravada. Pero, por supuesto, las acciones que realizamos, incluso en nombre del amor, pueden arruinarnos a nosotros y a aquellos que decimos proteger. Y es el propio Roman quien dice: “El dinero es como el ácido. Quema todo. Amistades, familia, amantes, esposos y esposas.”