Claudia Piñeiro, el simple arte de fumigar

La escritora argentina acaba de publicar ”El tiempo de las moscas” (Alfaguara). Nos acercamos a la novela y a la propia autora en este cóctel literario; mezclado, no agitado.

Texto: Pere SUREDA  Foto: Asís G. AYERBE

 

Desde nuestra anterior conversación sobre libros, y concretamente sobre Betibú, han pasado doce años, y el mundo no es exactamente el mismo.  De entrada, ya les avanzo que El tiempo de las moscas es una novela poderosa, trepidante y, virtud donde las haya, con un fino sentido del humor.

Se trata de una novela post-carcelaria y, quizás, pre-carcelaria. Protagonizada por un dúo de mujeres con carácter y sin destino: Inés —siempre con la mosca en el ojo— y La Manca —que deja chiquito a Maigret. Son dos tipas que saben cuidarse perfectamente ellas solitas, tanto que hasta saben cuidar la vida de los demás. Sin dejar rastro ni polvo, eso va contra su ideología. No siempre con buenas intenciones, sinceramente. Pero ellas creen que sí.

No es que el fin justifique los medios, pero tienen claro que sin medios y remedios no hay final a su gusto. Y se encargan de que esto sea así siendo las dueñas y ejecutivas de la empresa MMM —no revelaré su significado porque no me dejan, y ahí estoy pillado—, pero si les aclararé que es una empresa con anverso y con reverso: por un lado, fumiga; por el otro, investiga. “Quién está totalmente limpio si se busca a fondo —dice La Manca, y ella misma suscribe, convirtiendo la frase a su estilo en su mundo de la fumigación—: Un bicho y su cría no se le niegan a nadie”. Y quede claro: “Quien quiera saber, que pregunte”. Su trabajo es sencillo: el manejo integral y a conciencia de plagas sinantrópicas en zonas urbanas. Y en estas zonas las cosas se les complican con la propuesta de una clienta, que se las trae. ¡Menuda clienta! ¡Vaya propuesta! Así, el mundo no mejora y además… bueno ya lo leerán. Aviso a navegantes: es una novela cruel, dura, sin sentimientos, abrasiva. Ahora ya saben a lo que se enfrentan.

¿Cómo has percibido como escritora la evolución de tus novelas? Es decir, en tu fuero interno, ¿crees que escribes mejor?

Creo que aprendemos con cada novela. Al menos, yo lo intento. Con un poco de espíritu crítico sobre el trabajo anterior y, si prestamos atención, podemos ver qué falló, qué hay por mejorar en el próximo trabajo. Y esa es mi búsqueda personal, trabajar en la siguiente novela algo que sentí rengo en la anterior. Si sale o no ya es otra cuestión, pero la voluntad está. En el caso de El tiempo de las moscas, esa búsqueda trataba más de recuperar el humor de mi primera novela, que, si bien se mantuvo en otras, se fue opacando, poniendo ácido. Quería recuperar ese humor con la mirada puesta en lo que dice Pirandello, no el chiste que dicho se olvida inmediatamente, sino el humorismo que provoca una situación pero al rato estás pensando “cómo me puedo reír de esta barbaridad”. También retomé un “nosotras”, a través del coro, una suerte de voz de la comunidad, que había trabajado en Las viudas de los jueves. Así que, de alguna manera, utilicé herramientas narrativas que ya había usado aunque, espero, le sumé lo aprendido en estos años.

¿Qué ha cambiado en la percepción del “mundo” en la mujer escritora?

En concreto, y para las mujeres, en los últimos años el mundo empezó a cambiar a mayor ritmo. Conseguimos muchos derechos, ocupar espacios reservados a los hombres y mayor visibilidad, aunque aún falte tanto también.

¿Y cómo has tratado de plasmarlo en tus ficciones?

Creo que en El tiempo de las moscas está claro, o al menos fue mi intención, el impacto que le produce a Inés salir después de quince años en prisión a un mundo totalmente distinto. Ella dice: “Yo antes sabía ser mujer, ahora tengo que aprender”. Y aprende como puede. Eso en cuanto al mundo al que también pertenecen mis personajes, aunque sean de ficción. En la cuestión de la escritura, como escritora noto un cambio sustancial en el uso del lenguaje. Hoy me aparecen preocupaciones e incomodidades que antes no me eran tan evidentes. Por ejemplo, en Tuya, Inés puede decir “cuando uno piensa”. En El tiempo de las moscas ya no, diría “cuando una piensa”. Lo que antes nombraba ya no nombra más, aunque las academias tarden en reconocerlo, finalmente siempre lo hacen, la incomodidad con el uso del lenguaje provoca el cambio y esos cambios en los últimos tiempos también fueron acelerados y muy resistidos por cuestiones ajenas al lenguaje pero que se disfrazan de tales. Es muy paradójico ver a personas que conjugan mal los verbos y cometen otros errores gramaticales groseros decir que defienden el universal masculino contra cualquier incomodidad de mujeres y no binarios porque defienden el lenguaje.

¿Qué te aporta “trabajar” en el mundo del cine y de las series?

Yo ya trabajaba como guionista antes de ser conocida como escritora de ficción literaria. No digo “antes de escribir” porque escribo desde siempre y porque escribir guiones es escribir. Mi primera novela, Tuya, antecesora de esta última, empezó siendo un guion hasta que me di cuenta de que toda la acción transcurría en la cabeza de la protagonista, Inés. Y un monólogo interior es muy difícil de sostener en un texto audiovisual. Por eso decidí reservar esa historia para la literatura, y Tuya se convirtió en mi primera novela. Tuve un gran maestro de escritura creativa, Guillermo Saccomanno, a su taller íbamos personas que veníamos de distintos oficios, la publicidad, el periodismo, la escritura de guiones. Él decía que nunca hay que renegar de esos saberes aunque sí domarlos, tenerlos para usar cuando los necesitamos, pero con la rienda corta para que no se antepongan a la literatura. Eso trato de hacer con lo que sé de la escritura de guion. Creo que la curva dramática de los personajes, la estructura, el entrelazamiento de historias principales y secundarias, son saberes de la escritura de guion que suman, si se los usa bien, en la escritura de literatura.

¿El guionismo te aporta las mismas satisfacciones que la escritura literaria?

En cuanto a mi oficio de guionista, disfruté mucho escribiendo El reino, la serie con Marcelo Pïñeyro, que en marzo de 2023 estrena su segunda temporada. Como disfruto también escribiendo literatura en soledad. Y ese es uno de los puntos que más diferencian las dos tareas, el trabajo en equipo, el conversar con el otro, el consensuar caminos para los personajes. A mí me gusta hacer las dos cosas.

Háblame de ese mundo del rodaje tanto de series como de películas en Argentina…

En cuanto del auge del audiovisual al momento para Argentina, hoy es un tiempo en que las productoras compran libros a diestra y siniestra, buscan historias (sobre todo con tramas) que es el motor que necesitan para poner en funcionamiento el mecanismo. Estoy rodeada de colegas que han vendido los derechos de sus novelas a distintas productoras. Después habrá que ver cuántos de esos proyectos llegan a buen puerto, pero cuando menos representan una buena remuneración para el escritor y la escritora que en este tiempo es muy necesario.

En El tiempo de las moscas yo te he leído sintiendo como si dieras rienda suelta a algo que puede pertenecer a la mujer por encima de la escritora…

Ah, no lo veo, la verdad. Eso de que la mujer se puso por encima de la escritora. No lo veo. Me parece que eso puede ser más del orden de la fantasía del lector. Somos una misma persona, la mujer y la escritora conviven en el mismo cuerpo. No logro entender qué podría haber puesto en la novela de la mujer que no fuera de la escritora; y al escribir intento darle a cada personaje lo que ese personaje necesita. Parto del deseo de contar una historia, y allá voy. Luego las fantasías que cada lector o lectora haga en su cabeza son válidas, no reniego de ninguna lectura.

Soy un romántico enamorado de Betibú y del periodista Brena… ¿Tendremos en algún momento una nueva novela con esos maravillosos personajes?

En algún momento empecé una segunda novela con ellos. Me parecía que eran los únicos personajes a los que podía poner en una nueva aventura, que les era natural una continuidad, no en cuanto a la historia sino a ellos mismos. En cambio, en aquel momento no se me ocurría traer a Inés al ruedo. Pero Betibú y Brena eran un equipo, y podían tener más historias para contar. Empecé a escribirla, y la anécdota que había pensado para ellos en los primeros días de 2015 tenía que ver con los servicios de inteligencia y con un fiscal. A los pocos días de empezar a escribir apareció muerto el fiscal Alberto Nisman, y me pareció que la realidad planteaba allí un enigma más potente que nada de lo que yo pudiera escribir, por lo que la abandoné. Quién te dice que en un futuro, envalentonada por el regreso de Inés, no me dé la oportunidad de pensar qué fue de la vida de Betibú y Brena y regresen. Y, con un poco de suerte, encuentre una historia para ellos en que la realidad de mi país no me pise los talones mientras la escribo.