«Diseñar el desorden. Experimentos y disrupciones en la ciudad» es un libro escrito a cuatro manos y dividido en tres partes. En la primera, el mundialmente reconocido sociólogo Richard Sennet reflexiona sobre el contexto que le llevó a escribir Los usos del desorden publicado en 1970, su significado en la actualidad e introduce el concepto de Ciudad Abierta – Open City-. En la segunda parte, el arquitecto y activista español Pablo Sendra, que leyó en 2009 Los usos del desorden, sugiere una serie de prácticas concretas para llevarlo a cabo. En la tercera parte, ambos autores debaten junto con el editor del libro.

 

Texto: Guillermo ESTEBAN

 

El título del libro Diseñar el desorden puede parecer contradictorio pues diseñar siempre se asocia a la introducción voluntaria de cierta armonía u ordenación. Pero aquí, desorden debe entenderse como “la contestación de órdenes impuestos”, como postura frente al exceso de definición en el planeamiento urbano que ahoga cualquier uso informal o imprevisto del espacio dificultando la interacción y la diversidad.

Conscientes ambos autores desde el principio que los urbanistas no poseen un bolígrafo mágico que dé lugar a una morfología espacial que genere automáticamente una vida colectiva y también que, por supuesto, existe un riesgo de conflicto en la promoción de toda interacción, mayor cuando el contacto se produce entre grupos de personas con poderes distintos, aun así, Sennet y Sendra defienden el desorden y abogan por la disonancia, incluso por la confusión como algo beneficioso y como “la única manera de crear las bases necesarias para una vida colectiva socialmente viable en las ciudades”.

Richard Sennet realiza una distinción entre la Ville, el conjunto material de edificios y calles, y la Cité, el comportamiento y la actitud adoptada por la gente que reside en el espacio físico. En una ciudad donde los espacios públicos concentran un único perfil poblacional cuando no se descuida deviniendo únicamente territorio de paso entre una función y otra y donde además este desplazamiento se realiza habitualmente en un vehículo cerrado, en esta ciudad predecible y uniforme ¿cómo no darse una identidad rigidizada? En contraposición, una ciudad grande, densa, diversa e imprevisible es un lugar donde la identidad se desordena, un lugar donde volver menos Otro a los demás y menos Yo a uno mismo y por lo tanto ganar en tolerancia. Una Ciudad Frágil frente a una Ciudad Abierta.

En la actual Ciudad Frágil, toda experimentación arquitectónica está subordinada a un régimen de poder que busca el orden y el control: a través del funcionalismo férreo, promoviendo la debilitación de espacios mixtos, buscando la homogeneización de la población y favoreciendo la zonificación, extinguiendo así la posibilidad de diversidad y espontaneidad. Su arquitectura acerca al máximo la forma a la función, que es la mejor fórmula para su obsolescencia. La flexibilidad o evolución quedan anuladas, siendo posible únicamente su degradación o demolición, donde se vuelve a levantar invariablemente otra arquitectura igual de rígida. Este ritmo capitalista de sustitución continua también se promueve desde la durabilidad de los materiales que intencionadamente no sobreviven al tiempo de la hipoteca.

La Ciudad Abierta en cambio, propone “espacios que no tengan una forma y función fijas, un ADN sin resolver, liberadores”, a la vez que busca abrir y plastificar el sistema cerrado de la Ciudad Frágil. Para ello Sennet presta atención a las fronteras, en los bordes donde algo termina sin mezclarse y expresa su deseo, siguiendo una analogía biológica, de convertirlos en lindes, en espacios liminares de interacción, donde existe el riesgo del conflicto y la depredación pero también de la simbiosis y la convivencia; hacer de los muros paredes celulares, a la vez resistentes y porosas y dejar de favorecer el centro de las distintas zonas diferenciadas para apreciar sus márgenes en pos de una integración -que no asimilación-. Por otro lado, la arquitectura de la Ciudad Abierta se caracterizaría por sus formas incompletas, imposibles de considerarse aisladas de su entorno y siempre abiertas al cambio incorporando las distintas posibilidades y conflictos en cada etapa del proceso y sin un objetivo final fijo. En conclusión, diseñar el desorden, teoría que se materializa y concreta en la segunda parte de mano del arquitecto Pablo Sendra.

Las infraestructuras para el desorden que se proponen son disrupciones que se introducen en la ciudad existente con el objetivo de flexibilizarla y sacarla de la rigidez que le impide crecer o evolucionar orgánicamente debido a su excesiva determinación. Diseñar así, para la incertidumbre, se percibe como un riesgo pues se lee como una pérdida de control: el poder teme a la entropía. La solución es que coexista y colabore con la escala ciudadana. Que los movimientos y redes de base proliferen y presionen a un municipalismo abierto que no ponga trabas a las iniciativas y que reciba este empuje como algo positivo y necesario que compensa las presiones que puede recibir de otros intereses.

Sendra se aproxima a la ciudad como si fuera un ensamblaje, centrándose en las interrelaciones entre los distintos elementos materiales y la dimensión social. Las infraestructuras para el desorden se concentrarían en los espacios comunitarios que ya existen aumentando sus capacidades debido a su naturaleza cambiante que permite un reensamblaje constante.

¿Pero cuáles son estas infraestructuras? Están por un lado las que se basan en los recursos compartidos, bien por recogida privada o pública como pueden ser paneles solares o sistemas de captación de agua pluvial, o bien a través de puntos de conexión a la red de recursos de la propia ciudad. Se adquiere así conciencia colectiva acerca de la producción y consumo de recursos y sobre todo, exige una gestión comunitaria. La importancia de los lazos sociales ha sido de sobra demostrada durante la pandemia, pero éstos deben establecerse desde la abundancia y no desde la escasez como la tan romantizada antigua relación vecinal. Implicarse en la producción de recursos supone independencia y control sobre su origen -aunque los paneles solares tienen también su lado oscuro ecológico-, además de implicar una autogestión que exige negociación e interacción. Se propone alfombrar el espacio público con un suelo técnico modular de fácil mantenimiento y redistribución, haciendo visible la infraestructura de todos, democratizándolo al abrirlo a los no especialistas y señalizando los accesos mediante un código de colores, colocando esas entradas en lugares estratégicos.

En la superficie del espacio público se aboga por la continuidad que no la homogeneidad. Se busca graduar la privacidad plastificando la rígida transición entre lo público y lo privado, para cada frontera una intervención que la convierta en linde; también texturizar la superficie del espacio público instalando una narrativa que invite a detenerse e incrementando el potencial para la creación de nuevas situaciones colocando bases y postes donde poder ensamblar estructuras ligeras, siempre todo a partir del examen de las relaciones existentes entre la gente y el lugar.

El eje vertical se desbloquea mediante módulos de fácil ensamblaje que puedan dar lugar a diferentes configuraciones, cambiando las proporciones que guarda la calle con los edificios circundantes y que condiciona los encuentros entre los habitantes, cultivando de esta manera una escala humana.

Todos los elementos propuestos no tienen una función fija sino capacidades ilimitadas. Descongelan el espacio público precipitándolo a una inestable evolución. Las infraestructuras para el desorden nunca alcanzan un estado de equilibrio puesto que funcionan como sistemas abiertos, todo es revisable, negociable, cambiable, vivo. Se genera una ciudad inacabable que no inacabada, no a la espera de una resolución sino en un proceso ontológico inclusivo.

Este libro agita el deseo comunitario en el lector y leerlo estando en el espacio público es una experiencia que recomiendo. Yo también creo que hay que cambiar la vida. Sin embargo, no puedo evitar pensar en que sin un escudo contra medidas como la subida de los alquileres cualquier gesto que haga un espacio más atractivo es un grito para ser gentrificado, provocando la posible expulsión de los usuarios residentes originales. La buena madera es la condena del árbol, si no existe protección para el bosque. En la misma línea, lo que diferencia al urbanismo del vandalismo es el beneplácito del poder. Diseñar el desorden, aunque escucha y parte de las peticiones del tejido social e introduce la profesionalidad técnica del arquitecto-urbanista, necesita financiación de una gobernanza abierta, atenta y valiente que se atreva con lo imprevisible. Carmena, te echamos de menos.