El periodista Charles C. Mann publica una edición revisada  de su libro «1491: Una nueva historia de las Américas antes de Colón» (Capitán Swing)

Un diorama de la vida precolombina en La Florida, en el Museo de Historia de Florida (Tallahassee, Florida)

 

Texto: David VALIENTE

 

En 2006, se publicó en español el voluminoso (tanto por tamaño como por contenido) libro del periodista Charles C. Mann, 1491: Una nueva historia de las Américas antes de Colón. Un año antes lo había hecho la versión original en inglés desbaratando las presuposiciones que los estadounidenses tenían sobre su propia historia y la de sus vecinos del sur. En Europa, por esa época, no andábamos muy allá: todavía no sabíamos diferenciar a un mexica de un chachapoya, nuestro conocimiento confundía y aglutinaba el horizonte andino con el mesoamericano. “Con mi libro intenté hacer un trabajo periodístico de recopilación de hallazgos en los diferentes campos de estudio de las Américas antes de la llegada de los europeos”, dice el autor a través del correo electrónico a nuestro medio.

La obra de Charles C. Mann sacó a muchas ciudadanos (y académicos) de la ignorancia, destruyó algunos mitos y abrió las puertas a un mundo civilizatorio con grandes ciudades de piedras ornamentadas profusamente para demostrar a sus rivales (y, por qué no, a los posibles bárbaros que cruzaran el mar) su poderío y majestuosidad. Los conquistadores europeos se encontraron con un mundo en continua comunicación a través de caminos, que nada tenían que envidiar a las imperiales calzadas romanas, a pueblos dotados de un pensamiento científico complejo y preciso capaz de diferenciar las interferencias divinas de los fenómenos llanamente telúricos. ¿Cómo no íbamos a envidiar en Europa sus sistemas de regadío cuando cada dos por tres una sequía se llevaba por delante a miles de personas?

Si el libro de Charles C. Mann contribuyó a desenmarañar la imagen que teníamos de las Américas, la nueva edición publicada por Capitán Swing va a clarificar los conocimientos de los nuevos iniciados en el estudio de ese continente tan importante para nuestra historia, pero, por desgracia, tan desconocido para aquellos que no dedican su vida a investigarlo.

Han pasado 17 años desde la publicación de su libro, ¿cómo ha evolucionado desde entonces el estudio del mundo prehispánico?

En mi libro, argumento que una nueva serie de antropólogos, arqueólogos, genetistas, historiadores, ecologistas históricos y otros investigadores habían llegado a tres conclusiones fundamentales: 1) los humanos habían llegado a las Américas mucho antes de lo que se suponía; 2) que antes de la llegada de los europeos el hemisferio estaba mucho más poblado de lo que se creía; y 3) que esas personas tuvieron un impacto ambiental mucho mayor de lo que se documentó anteriormente. Por lo que puedo decir, las tres ideas siguen en pie. Por supuesto, los detalles han cambiado. Por ejemplo, si hoy escribiera el libro, tendría que emplear las cifras de Matthew R. Bennett y sus colaboradores cuya investigación evidencia de que la gente habitaba el sudoeste estadounidense hace 21.000 o 23 000 años. Así que creo que los lectores españoles obtendrán una imagen actualizada de los puntos de vista sobre este tema.

¿Cómo ha afectado la imagen del “buen salvaje” a los estudios precolombinos?

Tanto la imagen del “buen salvaje” como la del “salvaje salvaje” son caras opuestas de la misma moneda. Ambas idealizan a los pueblos indígenas, una de manera positiva y la otra negativa. Esto impidió ver la realidad de los pueblos indígenas; ellos eran personas comunes con sus esperanzas y temores, como las personas de cualquier otro región. Sin embargo, estos constructos han plagado los estudios precolombinos. Durante mucho tiempo, los arqueólogos y los historiadores suscribieron con demasiada frecuencia el estereotipo del “salvaje salvaje”, mientras que, los antropólogos y sociólogos, ayudados por filósofos como Jean Jacques Rousseau, se han visto influidos por la imagen del “buen salvaje”. En estas últimas décadas, por el contrario, estos estereotipos tienen menos espacio en el ambiente académico.

Por lo que usted escribe en el libro da la sensación de que los bárbaros indisciplinados eran los europeos y no los nativos. ¿Quién creó esta imagen errada y cómo es posible que haya sido consensuada durante tantos años, existiendo fuentes escritas por los conquistadores y colonos que lo desmienten?

La mayoría de los relatos de las Américas coloniales se escribieron por los colonos, que, por supuesto, se veían a sí mismos como los héroes de sus propias historias. Desde el principio, y da igual si eran ingleses, franceses, holandeses o españoles, se preocuparon por justificar sus acciones y una forma de hacerlo para sus lectores era afirmar que los habitantes originarios se asemejaban a bárbaros crueles, analfabetos y faltos de tecnología. De hecho, este argumento es bastante tonto. Cuando apareció la primera versión en español de 1491, varias personas se tomaron la molestia de informarme a través de las redes sociales de que los “aztecas” eran “neolíticos” y “primitivos”. Justificaban la colonización en el hecho de que las sociedades nativas eran pobres y poco sofisticadas. Que las personas sean pobres no significa que puedas expulsarlas de su tierra y robar sus riquezas. Se podría decir que los primeros españoles que llegaron a las Américas por lo general eran menos “civilizados” que las personas que se encontraron. Los recién llegados eran aventureros, en su mayoría hombres temerarios, desesperados por recuperar el dinero invertido en la arriesgada travesía marítima. Sus ejércitos los conformaban levas de mercenarios, reclutas y marineros, todos arribaban a la costa igual de hambrientos. Llegaron después del largo viaje en barcos plagados de enfermedades y sin instalaciones sanitarias que les permitieran asearse, por lo que apestaban. Muchos relatos de esa época manifiestan claramente que los indios consideraban a los europeos, parafraseándole, “bárbaros indisciplinados”.

Hay nuevas líneas indigenistas que afirman que los conquistadores realizaron un genocidio en América. Usted trata, en su libro, las teorías alrededor de este asunto, ¿con cuál se queda? ¿se produjo el genocidio?

Tengo reservas a la hora de entrar en este debate porque la palabra “genocidio” es una palabra compleja con significados diferentes para cada persona. Mi experiencia me ha enseñado que la mayoría de las personas usa la palabra “genocidio” vagamente para referirse a “matar a mucha gente”. En estos términos, todas las conquistas europeas, desde la inglesa a la portuguesa, pasando por la española, la holandesa y la francesa, fueron genocidios. Sin embargo, otros cuando hablan de genocidio se refieren a la aniquilación de un grupo étnico o una cultura. Bien, los europeos no quisieron aniquilar a los indios, ya que en sus pretensiones pasaban por emplearlos como mano de obra, normalmente esclava. Si tenemos en cuenta este argumento, no hubo genocidio, aunque no por razones especialmente altruistas. Legalmente, existe una definición precisa de genocidio que viene de Naciones Unidas, en la que se incluye la acción del “traslado por la fuerza de niños de un grupo a otro”. Todas las potencias colonialistas raptaron a niños indígenas y los metieron en escuelas con el supuesto fin de que olvidaran su idioma y su cultura. En este sentido, sí, esta acción fue un genocidio, desde la perspectiva de la ONU.

Hay otro debate muy interesante que expone en su libro: la demografía de los nativos antes de la llegada de los europeos. Algunos dicen que la población era muy elevada, otros que no lo era tanto; ¿usted con qué discurso se identifica?

Es difícil determinar cuántas personas vivieron en las Américas antes de la llegada de los europeos, a causa de la escasez de registros escritos y porque los colonizadores destruyeron gran parte de las evidencias. A principios del siglo XX, se intentó responder a esta pregunta. Las primeras estimaciones tendieron a la baja, porque las reservas indígenas eran sus referencias y proyectaron esta situación a las estimaciones del pasado. A partir de las décadas de 1960 y 1970, los historiadores y antropólogos comenzaron a analizar detenidamente las primeras crónicas europeas y se encontraron con poblaciones bulliciosas. Esas mismas crónicas describían los efectos devastadores de las epidemias importadas de Europa. Investigadores como Woodrow Borah, Sherburne Cook y especialmente Henry Dobyns sostuvieron que los primeros censos se conformaron solo después de las primeras epidemias y, por lo tanto, las poblaciones originales deben haber sido mucho más grandes que lo registrado. Un ejemplo de ello es la isla de La Española, en la que Cristóbal Colón desembarcó en diciembre de 1492. Los primeros españoles vieron “infinitos aldeanos”, así nos lo hace saber el fraile Bartolomé de las Casas, quien arribó a la isla diez años después. De las Casas escribió en 1516 que la población nativa en 1942 era de 1 millón, aunque más tarde barajó una cantidad más elevada, 4 millones. Sin embargo, seamos cautelosas y supongamos que el buen dominico se equivocó en esos 4 millones, pongamos que la población indígena cuando llegó Colón ascendía a 250 000. Es solo un supuesto para ilustrar la situación del debate. El primer censo de La Española documentado se hizo en 1514 y establecía una población nativa de 26 000 personas. Si en vez de usar las estimaciones Bartolomé de las Casas usamos las mías, en una sola generación, unos 22 años, la población sufrió una contracción del 90%. Estas devastaciones poblacionales se sucedieron una y otra vez a lo largo y ancho del continente. Así que, creo yo, es razonable afirmar que las Américas estaban densamente pobladas. No obstante, como he dicho al principio, no se puede determinar con exactitud qué tan densa era la población. Si aceptamos por bueno que el 90% de la población murió en La Española, entonces solo debemos multiplicar las cifras del censo por 10 para obtener la población original. Sin embargo, ¿y si Bartolomé de las Casas estaba acertado en su estimación de 1 millón y la mía, demasiado cautelosa, resulta incorrecta? Entonces la población del censo debe ser multiplicada por 25 o más. Es todo muy complejo y difícil de determinar. En mi libro, sostengo que la mayoría de los investigadores creen que las Américas tenían entre 40 y 60 millones de habitantes en la época de Colón, similar a la población de Europa occidental. Si el libro fuese publicado ahora, probablemente reflejaría la estimación más reciente que conozco: entre 44,8 y 78,2 millones, propuesto por Alexander Koch en el 2019.

Hay académicos que afirman que solo existe una única civilización: la occidental, ¿considera que el conglomerado de culturas que se desarrollaron en la época precolombina responden al nombre de civilizaciones?

Con seguridad, esos académicos no negarían la condición de civilizaciones a China y la India. Vladimir Nabokiv dijo que la “realidad” es una palabra que nunca debería escribirse sin comillas. “Civilización” es otra. En español, aparece por primera vez en el siglo XVIII como término legal para convertir un caso penal en uno civil. Pero ahora, para la RAE, significa: “Conjunto de costumbres, saberes y artes propio de una sociedad humana”. Pues sí, los nativos tenían todas esas cosas. Eran civilizados. Pero atendiendo a tu pregunta, cuando se habla de civilización, nos referimos  a “una sociedad urbanizada a gran escala que es sofisticada de una manera impresionante”. Según esta categoría, ¿era la Triple Alianza del Imperio Azteca una civilización? Hernán Cortés, cuando llegó a México, aún no conocía la palabra civilización, pero ciertamente quedó impresionado por lo que vio. Así describe Tenochtitlan, la ciudad más grande la Triple Alianza, a Carlos V:

Para, potentísimo Señor, dar a Vuestra Majestad justa concepción de la gran extensión de esta noble ciudad de Tenochtitlan, y de los muchos objetos raros y maravillosos que encierra, del gobierno y señoríos de Moctezuma, el soberano; … requeriría el trabajo de muchos escritores consumados y mucho tiempo para completar la tarea. … Soy plenamente consciente de que la cuenta parecerá tan maravillosa que apenas se considerará digna de crédito; ya que aun cuando nosotros, que hemos visto estas cosas con nuestros propios ojos, estamos tan asombrados que no podemos comprender su realidad. …

 Sólo diré que esta gente vive casi como la de España, y con tanta armonía y orden como allí,… es verdaderamente notable ver lo que han logrado en todas las cosas.

… El palacio dentro de la ciudad en el que [Moctezuma] vivía era tan maravilloso que me parece imposible describir su excelencia y grandeza. … en España no hay nada que se le compare”.

¿Qué le suscita las nuevas oleadas de revisionismo que se han producido tiempo atrás en EE.UU. y en Europa, algunas de ellas con la destrucción de obras de arte y estatuas?

En general, la destrucción de las estatuas no es algo muy bueno, en mi opinión. En el caso de las estatuas de los confederados de mi país, Estados Unidos, preferiría que cada estatua explicara su historia. Pero, de igual modo, derribar y construir estatuas es algo que la gente hace todo el tiempo. Cuando los rusos derribaron la estatua de Felix Dzerzhinsky, el fundador de la policía secreta soviética, en 1991, no me impresionó mucho. Tampoco pensé que esto cambiaría mucho la situación. En la antigua Roma, la damnatio memoriae eliminaba todo el rastro visual, desde estatuas a inscripciones, de emperadores u otras figuras públicas que eran catalogadas de indignas. Calígula, Nerón y Diocleciano sufrieron la damnatio memoriae y sin embargo hoy los conocemos. En Estados Unidos, la gente a veces argumenta que si se derriban las estatuas de los confederados, las siguientes en caer serán las de los presidentes George Washington y Thomas Jefferson, que tenían esclavos. No obstante, la historiadora Annette Gordon-Reed matiza que la mayoría de las estatuas de los confederados se colocaron explícitamente, sobre todo a principios del siglo XX, para mostrar la supremacía blanca. Washington y Jefferson eran esclavistas pero sus estatuas simbolizan cosas muy distintas.

Usted también expone el debate del colaboracionismo indio con los conquistadores, ¿se puede hablar de tal fenómeno?

Claro que hubo colaboración. Los “indios” no fueron un grupo unificado y coordinado, y hablar de ello en estos términos es tan ridículo como decir que los conquistadores europeos eran una única entidad. Y eso lo demuestra la conquista de la Triple Alianza, que se configuraba mediante tres ciudades-Estados cercanos entre sí alrededor de un enorme lago en el centro de México. Tenochtitlan era la más grande de las tres y el hogar de los mexica; y sus socios junior eran Texcoco y Tlacopan. Estas dos ciudades más pequeñas se resentían del dominio de los mexicas de Tenochtitlan. Y uno de ellos, Texcoco, se alió explícitamente con los españoles. Los enemigos de la Alianza vieron en la invasión de los europeos una oportunidad de librarse del dominio mexica y Hernán Cortes, político inteligente, logró fusionar parte de la Alianza y sus enemigos en una fuerza de combate unificada, integrada principalmente por estos grupo indígenas. Luego, ratificó su unión al estilo tradicional indígena, casando a sus lugartenientes con las hijas de los gobernantes indígenas. Así marchó con un ejército de decenas de miles sobre Tenochtitlán, que fue destruida. Las nuevas generaciones de historiadores han rastreado lo que a veces llaman “la conquista dentro de la conquista”, es decir, las naciones indígenas aliadas de los españoles que, ya sin el yugo de los mexicas, se extendieron por el norte y el sur, estableciendo sus propias colonias en reinos distantes. Las discusiones actuales, que a menudo se reducen a una disputa bastante tonta sobre si los españoles eran ángeles o demonios, completamente pasan por alto esta realidad mucho más compleja e interesante. Y un efecto secundario del argumento ángel-diablo es que ambas partes, sin darse cuenta, convierten a los pueblos nativos en víctimas pasivas: les niegan cualquier “agencia”, para usar la jerga académica. Con mi libro, pretendí resaltar “agencia” de las sociedades indígenas, aunque prescindo de ese término pedante en el libro. Quería mostrar cómo ellos, al igual que la gente de otros lugares, buscan conformar su propio destino.

Aunque esto se escape del tema por cuestiones de periodo, en España se está produciendo un revisionismo que intenta minimizar la colonización y las consecuencias de la misma. Cuestiones como el saqueo de las riquezas, el trato a los indígenas se pone en cuestión. No caen en la leyenda rosa, pero afirman que en comparación a otros imperios como el británico y el neerlandés, el español dio un trato bastante bueno a los indígenas, teniendo en cuenta el contexto histórico y social. ¿Cree que hay una leyenda negra en contra de España?

Sí, lo creo. Pero debería ser posible decir que los rivales europeos de España montaron una campaña de propaganda en su contra y que la empresa colonial española despojó a los pueblos indígenas de la vida, la libertad y la propiedad. Desde el principio, todo eso perdieron los indígenas, al igual que ocurrió con las invasiones portuguesa, inglesa, francesa y neerlandesa. En el caso de España, monarquía y papado argumentaban explícitamente que el daño infligido podría subsanarse si los conquistadores también convertían al cristianismo a los conquistados. La promesa del Cielo compensaría la destrucción terrenal. Lo importante aquí no es si la compensación fue, de hecho, un buen negocio, sino que desde el principio la corona reconoció que la invasión sería devastadora para los invadidos. ¿Fue la conquista española algo más benigna que, digamos, la inglesa? Es difícil de decir, porque eran diferentes. España envió relativamente pocos colonos y, en cambio, se centró en extraer plata de sus minas en el norte de México y Bolivia. Ningún español quería trabajar en las minas, por lo que los colonos forzaron a un gran número de nativos a desempeñarse como mano de obra esclava. Esto continuó durante generaciones. Las colonias inglesas no encontraron plata. La riqueza que encontraron fue en forma de tierra. Entonces los ingleses enviaron muchos más colonos, quienes despojaron a los habitantes autóctonos de sus tierras. Esto continuó durante generaciones. Si yo fuera una persona indígena, no creo que describiría ninguna de estas dos situaciones como mejor que la otra.