El chileno Bruno Lloret publica “Nancy”, una novela plagada de muertes, amenazas, enfermedad, sordidez, incomprensión, locura religiosa, etc., pero también de una gran poesía y sutileza.

 

 

Texto: David PÉREZ VEGA

 

La última Feria del Libro de Madrid no tuvo lugar en el parque del Retito en junio, como viene siendo habitual, sino en septiembre. Un sábado tuve que ir yo a firmar ejemplares de mi última novela, Esto no es Bambi, y cuando acabé paseé un rato por la Feria. En la caseta de Candaya saludé a sus editores, Olga y Paco, y les compré dos libros: Sanguínea de la ecuatoriana Gabriela Ponce y Nancy del chileno Bruno Lloret (Santiago de Chile, 1990). Lo cierto es que era la primera vez que veía esta segunda novela, que creo que acababa de aparecer en el mercado por esos días. Sin embargo, sé que los libros latinoamericanos que selecciona Candaya para su colección de narrativa son siempre confiables y me guie por ello.

De entrada, uno siente extrañeza al abrir la novela, ya que Lloret ha plagado las páginas de su libro de cruces en negrita, que a veces sustituyen a los puntos o a las comas, y que en otras ocasiones invaden el texto y se expanden por una página entera. Hacia el final de la reseña trataré de dar un significado a esta elección gráfica.

La novela está contada en primera persona por Nancy, que en las primeras páginas es una joven, casi una adolescente, y que huye de su casa, en el norte de Chile, en una caravana de camionetas de gitanos que viajan hasta Bolivia. Nancy empieza su narración «in media res», ya que las escenas se suceden de un modo rápido, y el lector tiene la sensación de que se le están escapando algunas de las claves que explican las relaciones que hay establecidas entre los personajes. Así, por ejemplo, Jesulé es el gitano, en cuya camioneta monta Nancy, y el lector sabrá más tarde que ha tenido lugar una relación sentimental entre ellos. Será en Santa Cruz ‒Bolivia‒ donde Nancy va a conocer a un norteamericano de treinta y cinco años, llamado Tim. Nancy se va a casar con Tim y juntos regresarán a vivir a un pueblo de la costa de Chile. De repente, se producirá en la narración un salto de veinte años, y sabremos que Tim es un borracho, al que le cuesta regresar a casa por las noches, después del trabajo en los barcos pesqueros japoneses (los únicos que quieren contratarle) y que ella está enferma de cáncer, le han extirpado los pechos y el útero y se encuentra cercana a morir, a pesar de no haber cumplido aún los cuarenta años.

Es posible que algún lector de esta reseña piense, con lo leído hasta ahora, que ya he destripado una gran parte del argumento de la novela, pero en realidad todo lo que yo he resumido se narra en un número bastante reducido de páginas.

Una vez que sabemos de este salto hacia el futuro de veinte años que comentaba, la narradora volverá su mirada sobre su pasado y nos hablará de su infancia hasta llegar al punto que ya conocemos en el que abandona la casa familiar para huir a Bolivia. Entre medias, en algunos momentos se nos recordará que Nancy es una mujer de treinta y siete años, próxima a la muerte. «En la calle la gente sencillamente ya no me saludaba, y eso me sumía en la más total desesperación.», leemos en la página 29, cuando Nancy ha entrado ya en plena decadencia física y siente el rechazo a su alrededor.

Nancy se ha criado en un hogar difícil, en el que la madre era una fanática religiosa, que trataba al Pato (el hermano mayor) y a Nancy con desprecio, mientras que su padre era una presencia ausente. El Pato se va a ir de casa para trabajar en el «puerto grande», una ciudad más al norte de donde viven, y Nancy, que hasta ahora había encontrado en su hermano un aliado, va a tener que lidiar sola con sus padres. Al pueblo en el que viven se le llama simplemente «Ch».

En Ch, durante la adolescencia de Nancy, van a aparecer mujeres muertas en la playa, un detalle que me ha recordado a La parte de los crímenes de 2666 del escritor chileno Roberto Bolaño. Las páginas de la novela están abiertas siempre a la amenaza de este norte de Chile, entre las playas y el desierto, un territorio que también han explorado algunos otros narradores jóvenes chilenos como Diego Zúñiga en la novela Racimo. En algunos momentos la sordidez de la vida en estos pueblos pobres de Chile, me recordaba a los pueblos del interior de Argentina que describía el argentino Carlos Busqued en Bajo este solo tremendo.

«Este mundo es un desierto de cruces», dirá el padre de Nancy en la página 86. Y quizás en esta apreciación queda justificada la decisión de Lloret de dejar su texto plagado de esas simbólicas cruces en negrita de la que ya he hablado. Además, también va dejando fotografías de radiografías que muestran el avance de la enfermedad de Nancy.

En la contraportada de la edición de Candaya, unas palabras del reputado escritor chileno Alejandro Zambra avalan a Bruno Lloret: «Inventario de abandonos y abusos, inevitable diario de muerte y de rodaje, diatriba contra la domesticada pasión religiosa, esta extraordinaria novela trasciende ampliamente la denuncia y el ejercicio de estilo, y avanza hacia un realismo nuevo, inesperado, disidente.»

A veces sorprende la cantidad de temas que toca Bruno Lloret en las apenas 150 páginas de su intensa novela corta. Nancy es una novela plagada de muertes, amenazas, enfermedad, sordidez, incomprensión, locura religiosa, etc, pero también de una gran poesía y sutileza. Nancy es una buena novela dura y breve.