Se cumplen cien años del nacimiento de Luis García-Berlanga Martí, uno de nuestros cineastas más literarios, con permiso de los Neville, Buñuel, Garci o Almodóvar. Miguel Ángel Villena ha ganado el Premio Comillas de biografías con “Berlanga, vida y cine de un creador irreverente” (Tusquets).

 

 

 

Texto: Alfonso DE LA HOZ GONZÁLEZ  Foto: Jordi GUZMÁN

 

Su novelesca vida, y una obra que ha trascendido lo puramente cinematográfico, hasta el punto de convertirse en una referencia habitual, nos permite proclamar que estamos ante uno de los españoles más influyentes del siglo XX. Como prueba de ello, en noviembre de 2020 la Real Academia Española admitió el término «berlanguiano», cuyas dos acepciones son «perteneciente o relativo a Luis García Berlanga, cineasta español, o a su obra» y «que tiene rasgos característicos de la obra de Luis García Berlanga».

Coincidiendo con el centenario de su nacimiento, el periodista cultural Miguel Ángel Villena ha publicado Berlanga, Vida y cine de un creador irreverente, biografía con la que ha obtenido el XXXIII Premio Comillas. El libro presenta una extensa bibliografía que permite a Villena abordar todas las facetas vitales y creativas del director valenciano. Posiblemente, el libro de Villena constituye la biografía definitiva de Berlanga, pues recoge casi todas las anécdotas y peripecias vividas por el cineasta, que posteriormente incluyó en su obra cinematográfica. El autor destaca entre la bibliografía consultada los dos libros de memorias del propio director: Luis García-Berlanga: La biografía y Bienvenido Míster Cagada, el primero en colaboración con Antonio Gómez Rufo y el segundo en compañía del director Jesús Franco. Villena describe los antecedentes familiares de Berlanga, cuyo abuelo paterno, diputado por el distrito de Requena-Utiel, fue un ilustre prócer local. El padre, sin embargo, militó en la Unión Republicana de Diego Martínez Barrio, lo que le traería complicaciones tras la Guerra Civil. Por otra parte, la familia de su madre era propietaria del Postre Martí, una de las principales pastelerías de Valencia.

El joven Berlanga vivió su adolescencia en la Valencia republicana durante la Guerra Civil, iniciándose en la poesía, participando en juergas juveniles y frecuentando las casas de lenocinio; circunstancia que aprovecha Villena para dejar caer un conato de innecesaria moralina. Concluida la guerra, Berlanga se enrola en la División Azul a fin de salvar la vida de su padre, condenado a muerte tras ser detenido en Tánger. Finalizada su estancia en la campaña rusa, todavía será movilizado en un par de ocasiones. En 1946, harto de la política y de la guerra, decide matricularse en el Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas (IIEC), donde trabará amistad con Juan Antonio Bardem, con el que codirigió su primer largometraje: Esa pareja feliz (1951), en cuyo rodaje empezaron a aparecer los primeros conatos de rivalidad entre los dos cineastas noveles, así como unos larvados e incipientes celos del director madrileño hacia Berlanga. A Bardem, que ya era por entonces un dogmático militante comunista, le costaba transigir con el humor ácrata-burgués del valenciano, que en realidad se consideraba un irreverente libertino, partidario del sainete y la astracanada. El rodaje de Bienvenido Mr. Marshall (1953) supuso la ruptura definitiva entre Berlanga y Bardem, pese a que este todavía participó en el guion de Novio a la vista. La película, una ácida sátira del plan Marshall, está considerada como la primera obra maestra de Berlanga, y, además de ser premiada en Cannes, tuvo un gran éxito comercial, manteniéndose en la cartelera de Madrid durante más de dos meses. Al año siguiente, Berlanga rodó Novio a la vista, comedia de época con la que inicia la curiosa costumbre de incluir la palabra “austrohúngaro” en todas sus películas.

Tras contraer matrimonio con María Jesús Manrique, en una ceremonia que años más tarde reproduciría en El verdugo, Berlanga rodó sucesivamente Calabuch, película con gran éxito en taquilla, y Los jueves milagro, mutilada sin piedad por la censura. Ya iniciados los años sesenta, inició su colaboración con el guionista y novelista Rafael Azcona, dando lugar a dos de sus mejores trabajos: Plácido (1961) y El verdugo (1963). La denuncia de la hipocresía social bajo el lema de “siente a un pobre en su mesa” en la primera, y la contundente denuncia de la pena de muerte en la segunda sentaron fatal al régimen; de tal modo que cuando a Franco le fueron con el cuento de que Berlanga era un peligroso comunista, respondió: “Berlanga no es comunista, es mucho peor que eso, es un mal español”.

La década finaliza con el rodaje en Buenos Aires de la fallida La boutique (1967) y ¡Vivan los novios! (1970), su primera película en color, al que se resistió todo lo que pudo, por considerar el blanco y negro mucho más puro y prístino. En 1973, el cineasta da rienda suelta a su reconocida faceta de erotómano (en 1977 fundó junto a Beatriz de Moura la colección de literatura erótica La Sonrisa Vertical, que permitió el descubrimiento de autores como Almudena Grandes o Eduardo Mendicutti) con el rodaje en Francia de Tamaño natural, una claustrofóbica película que narra la perversión fetichista que un acaudalado dentista establece con una muñeca de poliuretano. La película funcionó bien en Francia e Italia, debido a la publicidad recibida tras algunas protestas feministas; sin embargo, aquí pasó prácticamente inadvertida cuando se estrenó cinco años más tarde. Con la llegada de la democracia, Berlanga vuelve a decantarse por el esperpento y la bufonada y logra otra de sus obras maestras: La escopeta nacional (1978), una sátira sobre las famosas cacerías del franquismo que nos permitirá conocer a la legendaria saga de los Leguineche, originando dos exitosas secuelas: Patrimonio Nacional (1981) y Nacional III (1982). En estas tres películas se advierte el toque Berlanga, en el que abundan las escenas corales de humor negro y surrealista con múltiples diálogos simultáneos (de ahí la dificultad de doblar o subtitular su obra cinematográfica a otros idiomas).

En 1979 es nombrado presidente de la Filmoteca Nacional, pero es destituido tres años más tarde por Pilar Miró. Años más tarde, Berlanga reprodujo la escena del cese en Todos a la cárcel. En 1985, Berlanga por fin consigue rodar un proyecto escrito a finales de los años cuarenta, que la censura franquista se encargó de aplazar durante más de tres décadas. Se trata de La Vaquilla, una mirada tragicómica sobre la Guerra Civil, tal y como la define Miguel Ángel Villena. Una nueva obra maestra, que en su momento constituyó la película más cara de la historia del cine español. Al año siguiente recibe el Premio Príncipe de Asturias de las Bellas Artes y en 1987 vuelve a ponerse tras las cámaras para rodar Moros y cristianos, una comedia de genuino sabor valenciano, que sin embargo no obtiene los resultados esperados. El propio director reconocería que la película resultaba demasiado localista.

A principio de los noventa, con el deterioro de la España del pelotazo, anegada por los primeros casos de corrupción, Berlanga decide rodar Todos a la cárcel (1993), un sarcástico retrato del progresismo corrupto que se quedó bastante corto, pues la realidad superó con creces a lo apuntado en la película, que recibió el premio Goya a la mejor película y al mejor director. En 1997 dirige la miniserie de televisión Blasco Ibáñez, la novela de su vida, una biografía de su admirado paisano, no exenta de polémica. A los 78 años decide rodar París-Tombuctú (1999), otro viejo proyecto que constituye su testamento cinematográfico. Berlanga regresa a Peñíscola para recrear de nuevo la población de Calabuch con una comedia triste y desesperanzada, plagada de guiños constantes a toda su filmografía. A partir de 2006 empezó a perder la memoria hasta su fallecimiento, en 2010.

Con motivo del centenario, también se ha publicado la edición ampliada de El último austrohúngaro, libro de conversaciones con Manuel Hidalgo y Juan Hernández, y Bienvenido Míster Berlanga de Luis Alegre.