Antxon Olabe publica «Necesidad de una política de la tierra. Emergencia climática en tiempos de confrontación» (Galaxia Gutenberg), donde analiza los efectos del cambio climático desde la perspectiva que ofrecen los movimientos internacionales de las grandes potencias mundiales.

 

Texto: David VALIENTE 

 

Hemos tenido, en Europa, uno de los veranos más calurosos registrado desde 1880. Las incisivas temperaturas se han hecho notar en nuestras humedecidas pieles pero especialmente en los incendios que han engullido millares de hectáreas de bosque. Ni el agua se ha librado de los altos termómetros, el mar Mediterráneo ha registrado temperaturas que rondaban los 30 grados y los expertos han asegurado que las consecuencias de estos vientos serán tempestades, y no metafóricas. Parece que el aletargado e indolente interés de las élites políticas cada vez se enfoca más en las cuestiones climáticas, y sus gabinetes dispuestos a desacelerar el calentamiento de la tierra reclutan a especialistas con la misión de crear planes de transición que contribuyan a un futuro estable.

Antxon Olabe ha sido uno de esos especialistas, exasesor del Gabinete de la Vicepresidenta para la Transición Ecológica del Gobierno de España entre los años 2018-2020, escritor en medios de comunicación, como El País; y en think thank sobre cuestiones relacionadas con el clima y los efectos adversos de la actividad humana en los ecosistemas. Sus treinta años de experiencia han sido volcados en Necesidad de una política de la tierra. Emergencia climática en tiempos de confrontación (Galaxia Gutenberg), donde analiza los efectos del cambio climático desde la perspectiva que ofrecen los movimientos internacionales de las grandes potencias mundiales. “Estoy muy interesado en hacer un balance de estas últimas tres décadas y explicar la situación actual de las grandes potencias (China, Estados Unidos, Europa, India y Rusia) y su relación con el medioambiente, teniendo como referencia analítica los datos y las acciones o inacciones de los cinco grandes protagonistas internacionales. De este modo, podremos sacar conclusiones políticas, porque sin las grandes potencias no vamos a poder combatir el cambio climático”, asegura el autor en una charla telefónica con Librújula.

¿Necesitamos desacelerar el actual ritmo económico?

No es necesario. Es cierto que el cambio climático se presenta como un problema global tanto en sus causas como en sus consecuencias, pero lejos de frenar nuestro crecimiento económico, las estrategias deben ir dirigidas a reducir el consumo de combustibles fósiles y a acrecentar la empleabilidad de los recursos naturales. Desde la Revolución Industrial hemos emitido 3 billones de toneladas de CO2 a la atmósfera, provocando una alteración de su química. El 40% de esta ingente cantidad de emisiones se ha producido en estos últimos 30 años, cuando ya contábamos con los datos del IPCC (Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático) y teníamos conciencia plena de las alteraciones que provocaban en el clima. El consumo excesivo a partir de 1990 es grave, pues ya éramos consciente de los daños que producíamos al planeta. Es cierto que antes las economías occidentales eran las mayores emisoras, pero resulta que hoy nuestras emisiones representan el 35%, el resto las generan los países en vías de desarrollo que no puede ni deben desacelerar su ritmo de crecimiento.

¿Y cómo reducimos el consumo de combustibles fósiles?

Como comprobará, crecimiento económico y lucha contra el cambio climático no son enemigas irreconciliables: una economía de tamaño 10 basada en energías renovables y eficiente comparada con otra de características similares pero con una base energética mayoritariamente fósil, produce lo mismo, pero contamina muchísimo menos. Las políticas climáticas se deben enfocar en deshacerse del carbón, el petróleo y el gas en los próximos 30 años. Y sin duda es el momento propicio para hacerlo, puesto que el 75% de las inversiones mundiales en sistemas energéticos van dirigidos a las renovables, así lo recoge la Agencia Internacional de la Energía. En apenas dos lustros el sector de la movilidad ligera y el sector energético van a experimentar una transformación revolucionaria hacia las energías verdes, ya que disponemos de la tecnología y la tenemos bien desarrollada; en donde sí nos toca esperar es en los sectores de transporte pesado, aviación y grandes construcciones, en estos campos se desconoce la tecnología pero, sin duda, se descubrirá y nuestras necesidades energéticas quedaran cubiertas. Un dato muy ilustrativo es la capacidad energética que nos regala el sol todos los días, con las emisiones del astro de un solo día podríamos cubrir 1000 veces nuestro consumo energético mundial de un año.

¿Y qué piensa China sobre el tema?

Aunque en la actualidad China emite la misma cantidad de gases de efecto invernadero que Estados Unidos, India y Europa juntas, su compromiso por paliar los efectos del cambio climático son sólidos, entre otros motivos, por su sistema político, menos cortoplacista. Pekín empezó a preocuparse por el asunto después de que se difundiera un informe de unos científicos chinos con unas conclusiones bastantes devastadoras para el país si la balanza de gases no se invertía. Cuando Xi Jinping llegó al poder en 2013, de inmediato colocó la cuestión climática entre sus prioridades y la catalogó de emergencia nacional. Los chinos saben que si el contexto climático se nos escapa un poquito más de las manos, sufrirán mucho.

China y Estados Unidos, dos imperios enfrentados y en lucha contra el cambio climático.

Para combatir los efectos del cambio climático, las dos grandes potencias del momento, Estados Unidos y China, deberán cooperar, aunque la reciente visita de Nancy Pelosi a Taiwán no favorezca el diálogo sino-americano. A nivel geopolítico, la visita de la Presidenta de la Cámara de Representantes se encuadra dentro del viraje estratégico estadounidense hacia la región recién bautizada como Indo-pacífico. Los intentos de contención dificultan las relaciones diplomáticas y cambian de manera decisiva los acuerdos de cooperación de las dos potencias en lo referente al clima. Por eso mi libro recibe el subtítulo de Emergencia climática en tiempos de confrontación, a los contratiempos les toca lidiar con las hostilidades. Estamos lejos del acercamiento cooperativo que se dio en el Acuerdo de París del 2015, cuando las dos potencias, impulsadas por la Unión Europea, superaron sus diferencias y establecieron una meta climática de pocas fisuras. Este momento pudo ser posible gracias a las negociaciones discretas que ambos gabinetes mantuvieron los dos años previos. Ahora, tras el incidente, Joe Biden y su enviado especial para el clima, John Kerry, han manifestado en reiteradas ocasiones la necesidad de seguir cooperando, sin que las diputas políticas del momento entorpezcan el avance en la lucha contra el cambio climático. Sin embargo, China ha respondido que la cooperación climática y los conflictos diplomáticos son inseparables, por lo tanto antes de retomar las conversaciones se tendrán que dirimir los enfrentamientos. De todos modos, la cumbre de Glasgow del año pasado también peligró, después de que Canberra y Washington cerraran un acuerdo por el cual el gigante americano le vendió a Australia submarinos propulsados por energía nuclear, que contribuirán a cercar China.

¿Europa, ejemplo a seguir por el resto de países?

Con toda la humildad del mundo, porque soy europeo, afirmo que nuestro sistema ha demostrado su eficiencia a la hora de combatir el cambio climático y a los datos me remito: nuestras emisiones de CO2 han disminuido en un 25% sin que la economía se viera afectada por ello. En estas últimas tres décadas nuestro continente ha experimentado un crecimiento del PIB de un 65% (sin contar la inflación). Asimismo, nuestro continente ha liderado los acuerdos climáticos, empezando por París, que fue en gran medida posible gracias a la lucha a brazo partido de la Unión Europea entre bambalinas. El debate no debe enfocarse en el crecimiento per se, sino en los medios energéticos empleados para lograr ese crecimiento. Desde esta perspectiva, Europa ha demostrado que la transición ecológica es posible sin que la economía se vea afectada.

¿Europa se toma más en serio los efectos del cambio climático que EEUU?

En Europa, a diferencia que en EE.UU., una serie de condicionantes nos han ahorrado el debate sobre si los efectos del cambio climático serán tan severos como los científicos lo exponen. Por un lado, las grandes familias políticas, incluyendo a conservadoras de la talla de Margaret Thatcher y Angela Merkel, no han cuestionado la gravedad de la crisis, es más sus países son líderes internacionales en la lucha contra el calentamiento global. Por otro lado, el negacionismo no ha encontrado altavoz social; las encuestas de opinión reflejan la preocupación social por la salud del planeta y las asociaciones medioambientales están bien organizadas y disfrutan de sólidas conexiones con el mundo científico. En su empeño de liderar en el sector, predica con el ejemplo e implementa la energía renovable, claves para la economía del siglo XXI.

¿La guerra cambia algo?

La guerra acapara toda la atención política por razones más que obvias. ¿Hay riesgo real de que los políticos se despisten y se olviden de la lucha contra el cambio climático? Sí, lo hay. Pero también hay recordatorios de peso como la sequía de este verano y, el más importante, el empleo que desde el Kremlin se le da al gas y al petróleo como vectores estratégicos contra Europa. Las instituciones europeas y nacionales han captado esta estrategia y se han dado cuenta, al igual que el 80% de los países, que depender energéticamente de un país tercero es una importante desventaja estructural. Con las energías renovables situaciones como la que vive Europa en estos momentos se podrían prevenir, ya que ningún enemigo puede cortarte los suministros naturales.