«Fármaco», una novela que visibiliza la depresión para que el lector se acerque a ella sin ningún tipo de complejos.

 

Texto: Javier PINTOR  Foto: Lisbeth SALAS

 

El debut literario de Almudena Sánchez con un libro de relatos titulado La acústica de los iglús (Caballo de Troya, 2016) sorprendió gratamente a muchos lectores entre los que me encuentro. En estos relatos trataba temas tan universales como la pérdida, el desamparo, el desengaño o la soledad con un hondo lirismo e imágenes cargadas de simbolismo. En ese libro, la autora situaba a sus personajes ante situaciones dolorosas que alteraban el rumbo de su existencia y les hacían observar el mundo con perplejidad.

El tema del dolor estaba muy presente en ese primer libro ya desde la cita de Natalia Ginzburg con que se abría el volumen: “Hay algo de lo que no nos curamos, y pasarán los años y no nos curaremos nunca”.  Esta frase resulta bastante profética con respecto a algunos de los motivos que Almudena Sánchez aborda en su nuevo libro, Fármaco (Literatura Random House, 2021). En este texto habla de una enfermedad invisible, la depresión, que se aloja en el interior de la protagonista de forma persistente. No es complicado observar cómo un hilo sutil enhebra los dos libros publicados hasta la fecha por esta autora. Su literatura penetra en profundidades insondables con la esperanza de encontrar respuestas al misterio de la vida.

Fármaco se inscribe en esa larga tradición de libros confesionales que relatan experiencias traumáticas de la existencia. Está escrito desde la valentía y la sinceridad buscando siempre la luz dentro de la oscuridad. De ahí ese estilo fragmentario con el que la autora experimenta introduciendo diversos géneros en clave poética que permiten que el texto se destense y el lector respire. Las frases, a modo de aforismos, que inundan el libro de metáforas visuales contribuyen a crear esa atmósfera de ensueño: “los rayos de luz son los directores de cine de la infancia” (p.86)

Almudena cuenta que durante estos cinco años que median entre la publicación de sus dos libros abandonó algunos proyectos de escritura debido a la enfermedad que tan sinceramente relata en Fármaco. El libro está escrito desde la experiencia personal de la autora y permite al lector observar en primer plano como esta enfermedad arrasa sin piedad los cimientos de la vida de la protagonista. Estamos ante un texto confesional, escrito desde el dolor y que sitúa a la depresión en el centro de la narración. La enfermedad abarca una parte considerable del texto y oscurece todo lo que está a su alrededor, aunque esto no impide que nos encontremos con momentos de brillo, cierto tono de humor y que la lectura final del libro nos deje una visión esperanzadora de la vida.

A pesar del tono sombrío que rodea esta vivencia hay en todo momento un intento de normalizar la depresión, de hacerla visible para que el lector se acerque a ella sin ningún tipo de complejos. Almudena Sánchez consigue convertir esta terrible experiencia personal en literatura. No conozco muchos libros que traten esta enfermedad de manera tan directa, íntima, y auténtica y que sin ahorrarle al lector detalles dolorosos sean capaces de convertir la tristeza en belleza.

La autora explica que la enfermedad ha dinamitado toda su vida anterior. De ahí esa necesidad  de  escudriñar en el pasado para intentar comprender mejor la amarga realidad presente: “necesitaba destapar mi infancia” (p.181) hasta el punto de convertirlo en uno de los motivos esenciales de Fármaco: “Este libro va de la infancia, la infancia malvada, que empezó con una bicicleta y terminó con un vómito, como la mayoría de las infancias, ¿no?” (p. 19). Una infancia de perplejidad, incomprensión y cierta soledad en donde la narradora se siente como un ser diferente amenazado en su entorno. Las mismas gárgolas que decoran la casa familiar de Andratx contribuyen a crear ese ambiente inquietante de la niñez.

En ese convulso mundo interior que de manera tan transparente describe la narradora, marcado por la enfermedad, la tristeza y la incomunicación hay un oasis de gozo que está ocupado por los libros. Almudena Sánchez confiesa que sin la literatura no sería capaz de ver la belleza del mundo. La protagonista de Fármaco relata cómo durante su infancia y adolescencia los libros la salvaron: “Los únicos que estaban conmigo eran los libros. Estaba asustada porque me había tragado un papel de regalo. Tenía ocho años y temía a la muerte. Nadie lo veía, a nadie le importaba, salvo a los habitantes de mi libro” (p. 80).  La literatura como bálsamo, como antídoto ante la vulgaridad del entorno: “Los libros son mi antibiótico y mi democracia” (p. 38)

A lo largo de todo el texto son innumerables las referencias a la importancia que los libros van adquiriendo en la vida de la protagonista y como esta encuentra consuelo y entendimiento entre sus páginas. Estas citas enriquecen la lectura del libro ya que nos ofrecen rutas literarias complementarias y alternativas. En ningún momento hay exceso de erudición o pedantería, sino que las obras reseñadas guardan relación con momentos vitales de la narradora. El descubrimiento en la escuela de Gabriel García Márquez a través de un dictado se nos muestra como uno de esos momentos iniciáticos para la protagonista. Si la enfermedad ha resultado inspiradora para la autora, el mundo de los libros la ha ayudado a comprender mejor el mundo. Literatura como tabla de salvación y acceso al conocimiento.

Almudena Sánchez es una escritora sensible que observa el mundo con una visión estética y desde este prisma describe tanto lo doloroso como lo gozoso. Fármaco es un libro escrito desde las sombras, pero en el que encontramos poesía, mucha belleza y momentos luminosos e inspiradores.