La periodista y especialista en Corea, Anna Fifield, publica El Gran Sucesor. El destino divinamente perfecto del brillante camarada Kim Jong Un, donde trata del estado de Corea del Norte previo a la pandemia y de la familia Kim, especialmente del opaco Kim Jong Un.

 

 Texto: David VALIENTE

 

El domingo 30 de enero, Corea del Norte lanzó un misil de medio-largo alcance, Hwasong-12, que voló alrededor de 800 kilómetros y alcanzó una altitud de 2000 kilómetros antes de estrellarse en el mar de Japón. Según los analistas, desde el 2017, el Gobierno de Pyongyang no hacía un lanzamiento con tan buen resultado. Corea del Norte ha vuelto a ocupar en los medios de comunicación el espacio que la pandemia le había arrebatado. Sin embargo, la situación difiere a la de hace cinco años, un nuevo inquilino ocupa la Casa Blanca y este no parece que vaya a tener la sintonía que el anterior tuvo con el régimen de los Kim y en especial con el camarada Kim Jong Un.

Precisamente, la editorial Capitán Swing ha traducido la obra de la periodista y especialista en Corea, Anna Fifield, El Gran Sucesor. El destino divinamente perfecto del brillante camarada Kim Jong Un. Para desarrollar la línea argumental de su discurso, Anna pone el foco en el estado de Corea del Norte previo a la pandemia y a la familia, sobre todo a Kim Jong Un, que rige los destinos de 25 millones de norcoreanos. Una de sus tesis principales se hace eco de las maniobras dinásticas para llamar la atención internacional y revertir la situación de aislamiento en todo lo referido a las interacciones económicas y mercantiles.

El régimen de los Kim es uno de los más lóngevo, y mucha de esa vitalidad se debe a una estrategia bien calculada y dirigida, en un primer momento, por Kim Il Sung, el fundador de la saga familiar, y perpetuada con brillantez (hasta los fatales acontecimientos pandémicos) por su nieto Kim Jong Un. En esta estrategia conviven elementos de la idiosincrasia tradicional norcoreana con otros metabolizados por el joven dictador, que vivió parte de su adolescencia en Suiza.

Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, las dos potencias ganadoras, los Estados Unidos y la URSS, dividieron la península coreana en dos áreas de influencia al puro estilo colonialista decimonónico, y “sin preguntarles a los coreanos que querían ellos”: “Un joven coronel del Ejército estadounidense llamado Dean Rusk, que posteriormente se convertirá en secretario de Estado, junto con otro oficial, el futuro general de cuatro estrellas Charles Bonesteel, cogieron un mapa de National Geographic y se limitaron a trazar una línea que atravesaba la península de Corea a la altura del paralelo 38”. La URSS se agenció los territorios que se encontraban por encima del paralelo 38, una zona rica en productos mineros, mientras que los capitalistas pusieron sus zarpas sobre el territorio sobrante, situado por debajo de dicha línea de demarcación.

En el año 1950, dos años después de proclamarse oficialmente la República Popular de Corea, comenzó la guerra. Kim Il Sung, que había sido designado como gobernante del norte, a falta de otro aspirante menos ambicioso -“Stalin no quería que creara su propia base de poder independiente de las fuerzas de ocupación soviéticas”-, cruzó la frontera, empujando al Ejército surcoreano hasta las playas del sur de la península. Los americanos convocaron al Consejo de Seguridad de la ONU y organizaron una coalición internacional (como no podía ser de otra manera liderada por ellos), que obligó a los invasores del norte a desandar el camino. Con celeridad, los americanos descartaron la opción de lanzar la bomba atómica. De todos modos, no se privaron de soltar fuego y metralla: “635 000 toneladas en la mitad norte de la península, una cifra que supera a las 503 000 toneladas utilizadas en todo el teatro de operaciones del Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial”. El resultado fue un paisaje yermo, completamente destruido e inconquistable para unos Estados Unidos que vieron su ascenso militar frenado por tres millones de soldados chinos, que cruzaron la frontera para apoyar a los camaradas norcoreanos.

Con su país hermano como ariete del capitalismo, Kim Il Sung quiso impedir la entrada de cualquier exceso occidental que pudiera intoxicar las dóciles mentes de sus ciudadanos. Por eso, una de sus primeras medidas consistió en cerrar las fronteras a cal y canto, nada ni nadie podía entrar ni salir del país sin el permiso del politburó. De todos modos, ¿para qué querría un norcoreano salir al mundo exterior, si este era un lugar hostil? ¿Dónde se iban a encontrar más a gusto que en la recién fundada Corea del Norte? Con el fin de que su discurso sonara más convincente, les hizo entender que “Corea del Norte era un país plenamente autónomo y que sus logros habían sido obtenidos ‘por nuestra propia nación’”. Nacía la ideología socialista juche, una especie de marxismo-leninismo a lo coreana, que exalta el valor y la autosuficiencia del pueblo norcoreano y pasa por alto el hecho de que el régimen seguía en pie gracias a la ayuda prestada por sus vecinos comunistas.

Kim Il Sung se convirtió en un mito viviente del antiimperialismo al haber expulsado a los japoneses y haber impedido la reciente invasión capitalista. Pero la situación del país, aunque algo mejor si la comparamos con su hermana del sur, tampoco era para tirar cohetes. A Kim Il Sung le preocupaba las carencias internas que llevan a la población al amotinamiento. No dudó en implementar un culto a la personalidad y un sistema de terror que creara devotos silenciosos. Con las siguientes palabras, el doctor Yan, uno de los entrevistados por la autora, describe al régimen: “Es como una religión. Desde que naces aprendes que la familia Kim son dioses, y te enseñan a ser absolutamente obediente con ellos. Es un régimen de terror. La familia Kim utiliza el terror para mantener atemorizada a la gente”.

La brutal represión, lejos de basarse en un sofisticado sistema de inteligencia artificial, emplea herramientas rudimentarias, como la figura del inminban, una especie de vigilante vecinal al que no se le escapa ningún detalle de la vida pública y privada de los vecinos. Entre sus atribuciones no solo están la delación a las autoridades, también incita al resto de vecinos a que sigan su ejemplo. Cuenta con la potestad para entrar en los hogares y husmear qué canales ven, la comida que ingieren y las relaciones sentimentales que mantienen. “Los norcoreanos viven en un sistema donde se monitorizan todos y cada uno de los aspectos de su vida”, sintetiza Anna Fifield.

La autora, durante sus años de corresponsal, se dedicó “a buscar a personas que hubieran estado en sus cárceles a partir del 2011”. Por desgracia, después de tanto buscar “no pude encontrar a una sola persona que hubiera salido de los campos después de que Kim Jong Un accediera al poder”. El Colegio Internacional de Abogados ha comparado las condiciones de los campos norcoreanos con “los campos de concentración nazi del Holocausto”, concluyendo que “Kim Jong Un debía de ser juzgado por crímenes contra la humanidad debido al modo en que su régimen utiliza las prisiones políticas para controlar a la población”.

Por supuesto, como bien hemos dicho, este sistema se sustenta en un aparato ideológico perfectamente articulado. Desde niños les enseñan el privilegio de vivir en un país hermético y seguro como Corea del Norte, les cuentan que la familia Kim les protegerá y los convencen de que son la comunidad más próspera del mundo. Anna cuenta que la educación sirve a los intereses legitimadores de la familia: el propio Kim Jong Un, cuando heredó el poder de su fallecido padre, “ordenó que en todas las escuelas de secundaria del país se impartiera un nuevo curso dedicado a él”.

El aparato opresivo e ideológico de la familia Kim se vale del aislacionismo internacional. ¿Qué sería de ellos si otras formas de pensar penetraran los muros infranqueables? De hecho, eso ocurre. Corea del Norte comparte frontera terrestre con China y Corea del Sur y está flanqueada por el mar de Japón (también conocido como el mar del Este) y por el mar Amarillo. Cerrarse al mundo ha supuesto al régimen un gran reto que ha sabido manejar con estrategia, pues Corea del Norte, sobre todo en los momentos que el hambre azotaba hasta la muerte, ha abierto sus fronteras para permitir la entrada de productos nocivos según su pensamiento. De todos modos, cuando la situación no marcha bien, los vigilantes de aduanas también padecen las consecuencias. En momentos de debilidad, el dinero y las especias corrían por el bolsillo de los encargados fronterizos como liebres que huyen del cazador. De estraperlo cruzaban la frontera DVDs, USBs (con telenovelas y películas surcoreanas), ropa, comida… Esto ha supuesto una estimulación intelectual para un grupo importante de norcoreanos que se cuestiona por qué siendo ellos iguales a sus hermanos del sur viven en condiciones miserables.

El peor rival para un dictador es que duden de su gobierno. Quizá aquí resida el encumbramiento económico y social de una parte de la población, en la necesidad de legitimarse y “demostrar que la vida mejoraba realmente en Corea del Norte”. Una incipiente clase pequeña burguesa crece en Corea del Norte en paralelo a una mayor actividad comercial privada: “Así, mientras la economía estatal se paralizaba, la economía privada empezó a crecer”. Todo esto ha sucedido gracias, en gran medida, a los jangmadang (mercados locales), donde se comercializan los productos traídos de estraperlo o con la fuerza de trabajo.

No obstante, el Estado norcoreano ha sacado provecho del crecimiento económico privado, implementando un impuesto del 10% a los jangmadang. Según estimaciones, “las autoridades obtienen alrededor de 15 millones de dólares diarios de los comerciantes en concepto de alquileres de puestos de mercado, mientras que otras estimaciones sugieren que el Estado podría ganar casi un cuarto de millón de dólares en un solo día en impuestos recaudados”.

Asimismo, destaca Anna Fifield, los mercados locales han desempeñado un papel central a la hora de superar las hambrunas, que no el hambre: “La malnutrición sigue siendo un problema importante, y a muchos norcoreanos todavía les resulta difícil tener una dieta variada”. La anemia crónica y los problemas de crecimiento debido a la malnutrición siguen acosando a una población que “gracias a la explosión de actividad de los mercados, la gente ya no muere de hambre”, aclara Fifield.

El país donde la electricidad se obtiene con cuentagotas ha modernizado su capital, Pyongyang, y la ha convertido en una especie de Suiza a la asiática. “En Corea del Norte hay restaurantes italianos y bares especializados en sushi, pubs en los que se sirve cerveza artesanal y patatas fritas, parques de atracciones con montañas rusas y otras diversiones, canchas de tenis y voleibol, y pistas de patinaje junto al río”. Formas diferentes de agasajar a los millennials y a las futuras generaciones, con una visión diferente a la de sus padres y abuelos.

Pero no es oro todo lo que reluce, se asemeja más a una especie de oropel porque, primero, no toda la población puede acceder a esas diversiones y, segundo, solo el 1% de la población norcoreana, la más privilegiada, accede a las redes comerciales de alto nivel, donde se genera el gran aparato capitalista y especulador con sectores tan particulares como el inmobiliario. Este 1%, que difiere del 99% por las grandes fortunas que han logrado amasar, reciben el nombre de donju o “amos del dinero”. Son “la clase empresarial que ha apoyado al régimen de Kim Jong Un y, con ello, ha logrado enriquecerse más allá de lo que siquiera podrían haber soñado nunca”. Por su proximidad al régimen, pues los donju ocupan puestos en la alta administración y el ejército, son los encargados de gestionar las empresas estatales y de procurar el buen funcionamiento de los negocios fuera del país. Según comenta Anna, su bien más lucrativo conecta con la especulación inmobiliaria. Esto no significa que el régimen haya legalizado la posesión de la propiedad privada, simplemente ha levantado la mano con un grupúsculo cercano. Así, “a veces las personas arriendan el derecho a vivir en los apartamentos que les asigna el Estado; otras veces, los amos del dinero venden los apartamentos que se les habían asignado en las nuevas promociones a cambio de sustanciales ganancias”. Podemos imaginar que tremendas prácticas acarrean como consecuencia una subida desorbitada del precio de la vivienda. En Pyongyang un piso normal con tres habitaciones y un baño “cuesta un máximo de unos 80 000 dólares”, para una población que recibe 4 dólares al mes. Y eso cuando la casa es sencilla; si se sitúa, por el contrario, en algún lugar privilegiado como el centro urbano, los precios se disparan a los 180 000 dólares.

Sin embargo, las medidas profilácticas no siempre son suficientes. En ocasiones, Kim Jong Un ha hecho desaparecer a colaboradores cercanos, sobre todo si estos tenían acceso directo al mayor aval del Gobierno, el ejército. Así ocurrió con su tío, Jang Song Thaek, quien apostaba por una apertura a la china manteniendo la expansión de zonas económicas especiales (ZEE). Tuvo un juicio televisado en el mismo parlamento. Pesaron sobre él cargos de adicción a las drogas, realizar orgías, vender los bienes del Estado a precios irrisorios, fragmentar el partido y cometer acciones reaccionarias junto a facciones contrarrevolucionarias. Las últimas noticias sobre su persona confirmaron su ejecución.

Pero la muerte que más llamó la atención a nivel internacional, por lo estrafalario de la misma, la protagonizó el medio hermano de Kim Jong Un, Kim Jong Nam. La escena aconteció en el Aeropuerto Internacional de Kuala Lumpur. Dos jóvenes autóctonas, engañadas por agentes norcoreanos que les prometieron 100 dólares, untaron la cara de Jong Nam con productos neurotóxicos que le causaron la muerte. Las jóvenes desconocían que el receptor de la broma (los agentes norcoreanos también les habían asegurado que era una broma para un programa televisivo) era el hermano del dictador de Corea del Norte. Sin duda, con este asesinato el régimen mandaba un mensaje a los coreanos exiliados y al mundo: lo sabemos, sabemos todo y cualquiera que intente boicotear nuestro régimen lo pagará con su vida.

No obstante, lo que de verdad llamó la atención internacional fueron sus pruebas con armas nucleares y las amenazas contra Corea del Sur y Estados Unidos cada vez que hacían maniobras militares conjuntas cerca de la frontera militarizada. “Desde los primeros días de la existencia de Corea del Norte, Kim Il Sung había estado dándole vueltas a la forma de obtener armamento militar”. Los lanzamientos en Hiroshima y Nagasaki y la remota posibilidad de que Estados Unidos volviera a emplearlas contra Corea obsesionaron al abuelo del actual líder. Tampoco ayudó que sus aliados regionales e ideológicos claudicaran ante el rival capitalista.  En los años 70 Corea del Norte comenzó un proyecto nuclear que fue frenado en seco 15 años después por las presiones de la Unión Soviética para que se anexionaran al Pacto de no Proliferación de Armas Nucleares. Sin embargo, con el vástago había llegado el momento. Las primeras pruebas fueron infructuosas hasta que en septiembre de 2017, los satélites detectaron una detonación en el monte Mantap, que “disminuyó visiblemente tras la explosión”. Corea del Norte entraba en el prestigioso club de los cinco países poseedores de una bomba de hidrógeno.

Todo cambió. Corea del Norte hizo oír sus exigencias. En tiempos de Barack Obama, la dialéctica se tensó por la cabezonería de los dos mandatarios, pero con Trump, aunque hubo un pequeño enfrentamiento inicial para demostrar cuál de los dos poseía el botón nuclear más grande, las habilidades diplomáticas de Kim Jong Un y el olfato empresarial del magnate obraron el milagro. Ambos se reunieron por primera vez en Singapur, un año después de la demostración en el monte Mantap. El romance fue inmediato: Kim sedujo a Donald Trump, que se dejó cortejar por el coreano. No obstante, el idilio no duraría mucho; el amor se les agotaría de tanto usarlo, pues en febrero de 2019, en su segundo encuentro, Kim Jong Un concedió a Trump la posibilidad de desmantelar una central nuclear a cambio de retirar las sanciones internacionales, pero el inquilino de la Casa Blanca deseaba que le mostrara todo su amor destruyendo el arsenal nuclear. El encanto tropical vietnamita no surtió efecto y cada uno regresó a su casa, esta vez sin ninguna promesa y con la amargura de haberse quedado a medias.

Hubo un tercer encuentro, antes de que la pandemia nos encerrara a todos en nuestras casas y en nuestros países, en el cual intervino el presidente surcoreano Moon Jae In. Se hicieron fotos históricas: Kim Jong Un cruzó a Corea del Sur y Donald Trump hizo lo propio en Corea del Norte (de nuevo la cosa no quedó entre coreanos).

Ahora con un nuevo presidente en Estados Unidos puede que la situación cambie mucho. Se aprecia que Biden sigue las líneas marcadas por Obama hace 5 años. El asunto de las dos Coreas está por resolver, pero los pronósticos no pintan bien. Aquellos que decían que la unificación sería posible han perdido toda la esperanza en sus argumentos. Donald Trump abandonó la Casa Blanca y Moon ni siquiera es uno de los candidatos a las elecciones presidenciales. Lo que sí es seguro es que el régimen de Kim vuelva a llamar la atención y manda un mensaje: dejamos las negociaciones a medias. Prueba de ello: el misil lanzado hace unas semanas.